El Pecu

Según Manuel Llano, un vecino de Lamiña le contó que don Agusto, un hidalgo arruinado que vivía en una casona junto a la ermita de Santa Ana de Sopeña, prometía la mano de su hija más hermosa a quien encontrara un supuesto tesoro moro escondido en la cueva de La Mena. Muchos jóvenes intentaron hallarlo sin éxito, convencidos de que se trataba de una fantasía.

Un muchacho recién llegado de Cádiz, enamorado de la hija mayor, se adentró en la cueva y encontró una gran talega que creyó llena de oro y plata. Al llevarla triunfante a la casa de don Agusto, todos descubrieron que solo contenía piedras, hierro oxidado y bellotas, junto a un mensaje burlón.

El tesoro había sido una cruel broma de los mozos del pueblo. Don Agusto perdió la razón y murió poco después, y el joven abandonó el lugar desengañado. La leyenda advierte sobre los peligros de la codicia y las falsas promesas ligadas a tesoros encantados.

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Relato completo de Manuel LLano

Contaba Francisco Mier, 49 años,  de Lamiña que en la casona que está al lau de la ermita de Santa Ana, vivía jaz una estirpiá de años un señorón que se llamaba Don Agusto, que tenía tres hijas, que se llamaban Enrica, Lucía y Carmen.

Toas ellas eran mu guapas, pero mu probes, pos no más que tenían media docena de aparceros pocu medraos que daban al señorón tos los añas lo pocu que lu correspondía de la cosecha que cugían en las tierras.

Don Agusto había síu mu ricu, pero gastólo tóo en lujus y en viajes y en dase güeña vida.

Cuando lu llegó la vejera, se alcontró sin el dote que miricían las sus hijasi pa casase, y con el soberau y el pajar vacíos.

Las sus hijas, que eran mu guapas, tenían muchos pretendientes, pero tos ellos de la mesma casta que Don Agusto en aquel de los cuartos, que es lo que más arrejonde en toa la vida.

A tos los que quirían cortejar a las sus hijas les dicía que daría en casamientu la más guapa de toas al mozu que lu trajera el tesoru que diz que enterraron los moros en la cueva de La Mena.

Dicía Don Agusto que lo había leíu en unos papeles que alcontró en la escribanía de su giielu y que era un tesoru de barras de oru y peazos de plata pa jartar de riqueza a tos los vicinos del valle.

Los pretindientes engurruñaban el jocicu y no golvían a cortejar a las hijas de Don Agusto, porque dicían que no había el tesoru en la cueva de La Mena y que era una chiflaura lo que dicían los papeles.

Algunos con aquel de jaques y tentaos por lo que dicía el señorón, jueron a la cueva, que es mu largona y mu oscura, pero no llegaron a lo últimu de ella. Cavaron en una porra de sitios y no alcontraron las barras de oru y los peazos de plata de los moros.

Don Agusto los riñía en el pórticu de la iglesia y en la bolera y los llamaba hombrucos y miedosones y que no tenían muchas ganas de apañar en casoriu a la su hija más guapa por no atrevese a alcontrar la riqueza y no tener pacencia pa rebuscar en toa la cueva y coger el tesoru.

Aquel veranu golvió de Caiz un muchachu con muchu aquel de reló y galeru y con una chaquetuca blanca como las que gastan los sivillanos. Lu había arrejondío pocu el mostraor y golviose el mi probe pa coger otra vez el dalle y la jacha y arrimase al trabaju de la mies, dimpués que gastara los cuartos que traía, que camiéntome que no jueron mu lucíos.

Un día vio a las hijas de Don Agusto y enamoróse de la más guapa, que era la que se llamaba Enrica. Los mozos lu contaron lo del tesoru y el mu lelu lo crió como los mesmos mandamientos y dijo a los muchachos que lo que ellos no habían podíu jacer lo jaría él mesmu, onque tuviera que estar rebuscando y cavando de día y de noche. Apostó a que aleontraría el tesoru y que se casaba con la hija más guapa de Don Agusto pa dalos envidia a tos con el señoríu y con las riquezas de la cueva.

Los mozos se rieron de las fantesías del enamorau, que dicían que lu había pegau la chiflaura Don Agusto.

El muchachu jué a ver a Don Agusto pa decile que él sacaría de la cueva las barras de oru y los peazos de plata pa dimpués casase con la su hija, que ya se estaba quedando algo asperona, como las hojas de las panojas.

Al ser de día jué el mozu a la cueva, pero na más que rebuscó la meta. Al otru día golvió y estuvo rebuscando tou el santu día y llegó más alante, jasta una rigiielta que jaz hacia la izquierda.

Aposó el farol y al lau de una varguca vió un bultu mu grande en una rinconá, tirau en el suelu. Aquel bultu grande era una talegona vieja y al vela el mozu espenzó a sudar como un güey y dar unos temblíos como si tuviera helá toa la carne. Se agachó temblando como un azogau y palpó la talegona y unas barras y unos peazos mu duros.

El indinu alcontró el tesoru, y alampau de alegría cargó la talegona a cuestas y casi no pudía con ella. AI bajar por la cambera medio esborregose con la carga, que pesaba como un castraoriu.

Como ya era de noche, curría que te curría pa llegar a la casona antes de que se acostaran Don Agusto y las sus hijas. Tou se ajogaba de la sudá y de la poca correa que finía en el espinazu, jasta que llegó a la corralá de Don Agusto, sacando la lenguona como un perru y tou agachau, sin poder andar un trancazu más. Aposó la talega en el bancu de piedra que está al lau de la puerta y espenzó a vocear como un demongru:

—¡Don Agusto, que ya alcontré el tesoru! ¡Don Agusto, que me caso con Enrica! ¡Don Agusto, aquí está tou el oru y toa la plata de la cueva!

Don Agusto y lais sus hijas bajaron de una correndía las escaleras, con la cara descoloría del too.

El vieju dió un abrazu al enamoricau y lu limpió la sudá que tenía y dimpués, entre tos ellos, subieron la talegona a la cucina.

Don Agusto diz que estaba mediu lelu de alegría y que daba respingos como un becerra, abrazando a las sus hijas y al mozu, y que lloraba y dimpués se reían y golvía otra vez a jacer pucheros.

Enrica jué a buscar una colcha mu fina y la espurrió en el suelu pa varciar la talega y que no se manchara el tesoru. Dimpués quitaron el nudu de la talegona y la varciaron en la colcha.

Aquello jué la más gorda. El probe Don Agusto cayóse al lau de la lumbre y se regolvía como un condenau, y el mozo púsose deseoloríu como un defuntu.

En la talega na más que había cantos y unas barras de jierru cardenillau y unas embozás de bellotas de las más gordas.

En una cajuca de hojalata que estaba entre el jierru y los cantos, alcontraron las hijas de Don Agusto un papeluchu que dicía estas palabras:

«Esi es el tesoru y tóo lo que vosotros vos mereceis, por chiflaos y por tasugos. ¡So lelos!»

Too aquello lo jicieron los mozos pa reise de Don Agusto, de las lelas de las sus hijas y del tontu del sevillanu. Al probe Don Agusto no le golvió el sentíu y estuvo locu jasta que estiró la pata. El mozu se golvió a Caiz aquella mesma noche, desesperau por el chascu que lu dieron.

Las hijas de Don Agusto, que eran mu presumías y orgullosonas, tuvieron que casase con tres señoritangos espeluciaos, más probes que ellas.