Límites de la Mancomunidad Reserva del Saja
El territorio de la Mancomunidad Reserva del Saja se articula en torno al Valle de Cabuérniga y la zona limítrofe de Mazcuerras. Este espacio, ha sido modelado durante milenios por la acción erosiva del río Saja en su curso alto y medio. Aunque el valle constituye su eje central, sus límites naturales lo configuran como un espacio más amplio y complejo.
- Al norte, la Sierra del Escudo de Cabuérniga marca una divisoria natural junto al propio río Saja, que al atravesarla por Santa Lucía delimita el territorio entre Cabezón de la Sal y la Mancomunidad.
- Hacia el este y el oeste, las divisorias de aguas separan la cuenca del Saja de los valles del Besaya y del Nansa, respectivamente, configurando un territorio claramente definido por criterios hidrográficos. Una singularidad en su límite oeste es Carmona, que administrativamente pertenece a Cabuérniga pero vierte sus aguas al Nansa.
- Al sur, el límite lo establece la Cordillera Cantábrica, con alineaciones como la Sierra del Híjar y la Sierra del Cordel, donde nacen el Saja. Este cierre montañoso actúa como transición entre el paisaje húmedo atlántico conocido tradicionalmente como la “puerta de la Meseta”.
Así, la Mancomunidad no es solo un valle, sino un territorio definido por montañas, divisorias fluviales y contrastes paisajísticos que explican su identidad geográfica.
El eje vertebrador
El río Saja constituye el auténtico eje vertebrador del territorio. Nace en los Puertos de Sejos, a unos 1.700 metros de altitud, en la Sierra del Cordel, y tras recorrer aproximadamente 67 kilómetros desemboca en el mar Cantábrico, uniéndose al Besaya en la ría de San Martín de la Arena, en Suances. Su cuenca, compartida con el Besaya, es la más extensa de Cantabria.
En su tramo alto, el río discurre encajado entre hayedos y robledales dentro del Parque Natural Saja-Besaya, formando gargantas y cascadas.
En el tramo medio, tras recibir afluentes como el Argoza, el valle se ensancha y aparecen vegas fértiles de uso agrícola y ganadero. La acción modeladora del río ha generado llanuras aluviales que han favorecido el asentamiento humano: la mayoría de los pueblos se sitúan en sus márgenes.
Uno de los enclaves naturales más destacados de este tramo es la Hoz de Santa Lucía, donde atraviesa la Sierra del Escudo en un espectacular desfiladero que constituye la entrada natural al valle. Destaca por su frondoso bosque de ribera, laderas empinadas de la sierra y por una zona recreativa en su zona más abierta. Históricamente, la zona albergó explotaciones de canteras y una antigua minicentral hidroeléctrica en el río Saja. El río Saja ha impulsado molinos, batanes y pequeñas centrales hidroeléctricas, integrando naturaleza y actividad económica.
Más que un curso de agua, el Saja es el elemento que ha configurado el paisaje, la economía y la vida del valle.
Los límites montañosos del norte
Las sierras del Escudo de Cabuérniga e Ibio forman una alineación montañosa de media altura que delimita el territorio mancomunado por el norte y actúa como divisoria entre la franja costera y los valles interiores.
La Sierra del Escudo de Cabuérniga se extiende de este a oeste, con cumbres que superan ligeramente los 1.000 metros. Históricamente constituyó una barrera natural para las comunicaciones, aunque hoy diversas infraestructuras la atraviesan. La Sierra de Ibio, de menor altitud, prolonga este sistema y sirve de límite entre los municipios mancomunados de Ucieda y Mazcuerras.
La acción del agua sobre las calizas y areniscas de la Era Secundaria ha generado relieves variados, con laderas suaves en algunas zonas y otras más abruptas. El clima oceánico, con abundantes precipitaciones, favorece extensos bosques de robles y hayas, como el emblemático Monte Aa, junto a praderas destinadas tradicionalmente a la ganadería.
Además de su valor ecológico, estas sierras desempeñan una función climática esencial, frenando la influencia marítima y generando contrastes entre la costa y el interior. Constituyen, por tanto, un elemento clave para comprender la geografía, el paisaje y la identidad de la Mancomunidad.
Los puertos del sur
Al sur, la transición hacia la Meseta se realiza a través de algunos espacios de alta montaña que definen el carácter del territorio.
El Puerto de Palombera, situado a 1.260 metros en la Sierra del Híjar, ha sido tradicionalmente la principal vía de comunicación entre Cabuérniga y Campoo. En sus laderas predominan extensos bosques de hayas y robles, además de pastizales de altura utilizados históricamente para el ganado. La abundante pluviometría y el clima de montaña favorecen una vegetación densa y un paisaje verde durante gran parte del año. Además de su función histórica como “Puerta de la Meseta”, destaca por su valor paisajístico y recreativo, especialmente en otoño e invierno con la berrea y actividades de nieve.
Por su parte, los Puertos de Sejos, a más de 1.500 metros en la Sierra del Cordel, constituyen una amplia meseta de pastos de montaña. Este espacio abierto, de gran riqueza ecológica, ha sido utilizado durante siglos para el pastoreo estacional. La práctica del “veraneo” del ganado permitía aprovechar los recursos de altura en primavera y verano, manteniendo un equilibrio entre los usos tradicionales y el medio natural.
Ambos espacios simbolizan la relación histórica entre el valle y la alta montaña, donde naturaleza, economía ganadera y paisaje forman un conjunto inseparable.
La vegetación del valle refleja la influencia combinada de altitud, clima oceánico y relieve.
En las zonas altas, próximas al nacimiento del río, el río discurre por áreas montañosas con pendientes pronunciadas, con suelos rocosos y un clima frío y húmedo característico de la alta montaña. Allí predominan los bosques de haya y roble. Las hayas ocupan laderas húmedas y sombrías, mientras que los robles se concentran en zonas más abiertas y con suelos profundos.
El Hayedo del Saja, dentro del Parque Natural Saja-Besaya, constituye uno de los ejemplos mejor conservados, con un dosel cerrado que favorece musgos, helechos y fauna forestal. Este hayedo regula el caudal del río, protege los suelos de la erosión y alberga fauna diversa como ciervos y aves. Históricamente ha limitado la agricultura, favoreciendo la ganadería en praderas y la explotación forestal sostenible.
El robledal del Monte AA es un bosque de roble (Quercus robur y Quercus petraea) dispuesto en pendiente moderada y donde el clima oceánico aporta humedad suficiente para su desarrollo. Este robledal forma parte de la vegetación natural autóctona y actúa como hábitat para numerosas especies de fauna, como corzos, jabalíes y aves forestales. Históricamente ha sido utilizado de manera sostenible para explotación maderera y pastos de ganado, mostrando la relación entre vegetación y uso del territorio
Si descendemos hasta la vega, en los márgenes del río, la vegetación ribereña es abundante y está formada por sauces, alisos y avellanos, especies adaptadas a suelos saturados de agua y a corrientes rápidas.
En el tramo medio el relieve se suaviza y las pendientes disminuyen, permitiendo la expansión de bosques más mixtos y extensos. Su diversidad ha permitido un uso más variado del territorio: se combina agricultura en las llanuras y terrazas del valle, ganadería en los pastos de ribera y explotación forestal en los bosques de caducifolias y las laderas menos accesibles, mientras los corredores vegetales ribereños actúan como barreras naturales, protegiendo los cultivos y pastos frente a inundaciones y manteniendo la calidad del suelo.
La riqueza faunística fue uno de los motivos principales para la creación del Parque Natural Saja-Besaya.
Entre los mamíferos destaca el ciervo, cuya berrea otoñal constituye uno de los espectáculos naturales más conocidos de nuestro territorio. También son habituales el corzo, el jabalí, el zorro y la nutria en los cauces fluviales. En zonas boscosas habitan especies discretas como el lirón careto o el gato montés, mientras que el lobo y el oso pardo aparecen de forma ocasional en áreas meridionales.
Las aves están ampliamente representadas, con más de un centenar de especies nidificantes. En riberas se observan garzas y martines pescadores; en cortados y barrancos, búho real y halcón peregrino; y en zonas altas, águila real y buitre leonado.
En el medio acuático, la trucha común domina los cursos de montaña, indicadora de aguas frías y bien oxigenadas.
El río Saja y su cuenca alta cuentan con diversas figuras de protección que garantizan la conservación de sus valores naturales.
El Parque Natural Saja-Besaya, declarado en 1988 y con 24.500 hectáreas, protege gran parte del área montañosa. La Zona Especial de Conservación (ZEC) Río Saja incluye el cauce y sus principales afluentes, preservando bosques aluviales, hayedos y robledales de interés comunitario.
Asimismo, el territorio forma parte de la Reserva Regional de Caza Saja y de varias figuras integradas en la Red Natura 2000, como la ZEPA Sierra del Cordel y Cabeceras del Nansa y Saja. Estas designaciones buscan compatibilizar la conservación de hábitats y especies —como la nutria, el oso pardo o el cangrejo autóctono— con los usos tradicionales, especialmente la ganadería extensiva y el aprovechamiento forestal sostenible.
En conjunto, estas protecciones reconocen el valor ecológico del Saja y promueven un modelo de gestión que integra biodiversidad, paisaje y actividad humana, asegurando la pervivencia de uno de los espacios naturales más relevantes de Cantabria.
Más información sobre Red Natura 2000.










