El Camino Real, conexión fundamental de las tierras costeras del Cantábrico con la Meseta, respondía a dos itinerarios diferentes, el que aprovechaba la vía natural del Valle de Cabuérniga y el que buscaba el Besaya para enlazar con la ruta de origen romano entre Riocorvo y Mercadal.

El valle de Cabuérniga ha estado históricamente ligado a una importante función de comunicación entre la costa cantábrica y la Meseta castellana, condición que se materializó a través del antiguo Camino Real, referido en algunos lugares como Camino de Castilla. Esta vía formaba parte de la red histórica de comunicaciones interiores de Cantabria entre la Edad Media y el siglo XIX, constituyendo uno de los principales ejes de tránsito del occidente cántabro y articulando longitudinalmente los actuales municipios de Cabuérniga y Mazcuerras.
Más que una carretera en el sentido contemporáneo, el Camino Real se configuró como un itinerario apoyado sobre caminos tradicionales preexistentes, vinculados en muchos casos a antiguas rutas de tránsito y comunicación como la denominada Ruta de los Foramontanos. Con el paso del tiempo, estos caminos fueron progresivamente mejorados para facilitar la circulación de personas, caballerías y mercancías, adquiriendo un carácter estratégico para las relaciones entre la costa y el interior peninsular.
La propia configuración geográfica del valle favoreció esta función de corredor natural. El trazado seguía el eje longitudinal de la cuenca del Saja, aprovechando el fondo del valle y evitando pendientes
excesivas. Desde Santa Lucía, debió discurrir por el margen más benigno en cada tramo coincidiendo con las localidades principales de Ucieda, Ruente, Valle, Terán, Selores o Renedo, usando los puentes de Barcenillas y Las Trechas, para aprovechar el viejo vial que cruzaba Llendemozó hacia Correpoco, y de ahí ascender hasta los Tojos, para, desde Colsa dirigir su itinerario hacia Reinosa. A su paso enlazaba núcleos del Valle, dando lugar a un modelo de poblamiento claramente condicionado por la presencia del camino. En localidades como Selores todavía puede reconocerse la estructura característica de “pueblo caminero”, desarrollada linealmente junto al antiguo eje viario.
El firme del camino era variable según las necesidades y características del terreno, alternando tramos terrizos con sectores empedrados en las zonas de mayor tránsito y pasos reforzados en áreas húmedas o cruces de arroyos. Su función principal consistía en canalizar la producción forestal, ganadera y agropecuaria hacia los centros de intercambio y hacia los puertos de la costa, favoreciendo además el
tránsito de arrieros, comerciantes y ganado trashumante.
La relevancia de esta vía histórica queda reflejada en los numerosos elementos patrimoniales asociados a ella que aún perviven en el valle. Entre los más destacados se encuentran los humilladeros de Selores y Terán, vinculados tradicionalmente a la protección espiritual de los viajeros y al simbolismo religioso del camino.
Aunque el Camino Real no se conserva hoy como una infraestructura continua y homogénea, todavía pueden identificarse restos fragmentarios de gran interés patrimonial: alineaciones históricas, muros laterales, pequeños puentes y trazas reconocibles integradas en la actual red de caminos rurales y carreteras locales. Se conservan algunos tramos originales en Selores, así como referencias a antiguas infraestructuras de apoyo al tránsito, como la histórica venta de Barcenillas, lugar de parada y abastecimiento para caminantes y arrieros. La comparación entre la cartografía histórica, la documentación municipal y la propia estructura territorial permite reconstruir buena parte de su recorrido y comprender su papel como infraestructura vertebradora previa al desarrollo de la red moderna de carreteras.

La posterior crónica del viaje de Carlos I es una fuente muy valiosa para interpretar cómo debía ser el Camino Real y, en general, las comunicaciones por el valle del Saja en el siglo XVI. Cuando Carlos I realizó en 1517 su primer viaje hacia Castilla tras desembarcar en Tazones, una parte del séquito atravesó territorios cántabros hacia la Meseta utilizando un itinerario que bien pudo ser el Camino Real. Las crónicas del viaje describen caminos difíciles y embarrados, pasos estrechos, puentes y ventas, problemas derivados del clima y del relieve y la necesidad constante de apoyo logístico local.
En cuanto al trayecto que discurría por Mazcuerras, el Camino Real respondía a un eje distinto, de dirección este-oeste, que enlazaba el valle del Saja con el del Besaya. Su existencia está documentada entre la Hoz de Santa Lucía y el Concejón de Ibio, constituyendo una vía de conexión estratégica entre ambos corredores fluviales.
Parece probable que en esta zona hubo de existir un paso de río antiguo -que comunicaba Cos con Santibáñez- por ser un punto estrecho del cauce, como lo atestiguan las dos ventas situadas a los lados de las ruinas del puente de piedra mandado construir por los Reyes Católicos en 1495 para mejorar las condiciones del camino hacia la meseta castellana.
De la Venta de Santa Lucía de Cos, ya hay constancia de su utilización durante la emigración del valle hacia Castilla o Andalucía en los siglos XVII-XVIII. Fue parada de postas, donde pernoctaban y descansaban los caballeros y los carruajes como punto obligado de descanso antes de reemprender el viaje. En Santa Lucía se paraba a beber agua en la fuente de San Antón, agua que mana de una concha vegetal en lo alto de la Cueva de Cos.
Desde la Hoz de Santa Lucía, el trazado discurría por el piedemonte del margen derecho del Saja a través de Cos, Cintul y Mazcuerras. Desde allí se bifurcaba: un ramal se dirigía hacia Villanueva de la Peña (por la iglesia de San Martín y el barrio de Cohiño) enlazando con las rutas costeras; y el otro avanzaba hacia Herrera de Ibio, Ibio y Sierra de Ibio continuando hacia la zona de San Cipriano y Yermo, donde enlazaba con la vía histórica entre Riocorvo y Mercadal.
El entorno conserva abundantes evidencias patrimoniales que justifican su relevancia. No hay más que comprobar la traza arquitectónica que ofrecen las casas a su paso por Mazcuerras y Cos, en las que la fachada principal se encuentra en la parte posterior de la actual carretera, erigida en el siglo XIX, siendo desde esta perspectiva observable el genuino muro posterior de los inmuebles del siglo XVI-XVIII.
Numerosos tramos de esta antigua vía son actualmente transitables, siendo testimonios del mismo los restos del puente bajomedieval de Santa Lucía, la presa, los canales de molinos históricos en el margen derecho del Saja y la Venta, prosiguiendo el camino; la fuente de La Teja y las ruinas del monasterio de San Andrés. Ya en Cos, atestiguan los numerosos ejemplos de casas llanas, la advocación a Santiago en la Iglesia parroquial (como punto de peregrinación según algunos autores), la torre gótica que refuerza la importancia del camino y su protección. Como punto de descanso, el horno de Corcohos, donde posiblemente hubo una venta, el humilladero del Ángel en Sorriba (hoy desaparecido), la ermita y la ferrería-molino de Cintul, y el barrio de Sobarriba en Mazcuerras que respeta el trazado tradicional de la ruta.
En Mazcuerras la ruta de bifurca en dos. Un tramo hacia Villanueva de la Peña, comenzando por la propia iglesia de San Martín de Mazcuerras y su primitivo monasterio altomedieval y apoyado en su recorrido por los testimonios de algunos humilladeros y capillas como la de Santa Gadea y el Ángel (en ruinas), el barrio de Cohiño, y los lugares de La Lera y La Illa, y como punto de defensa, la Torre de Hoyos ya en Villanueva.
El otro tramo, menos conservado, es el que enlaza Mazcuerras desde la Catañera, a través del humilladero de San Pedro en Rucabado, en dirección al despoblado de Barcenillas o El Barcenal para llegar a Herrera de Ibio a través de la Colladía. A continuación se dirigía a Ibio a través del humilladero entre ambos pueblos, la casa-torre de los Guerra y la torre de la antigua Iglesia de San Pedro y San Felices de Ibio.
Finalmente, de la zona de Ibio el recorrido continuaba hacia la ermita de San Cipriano, con testimonios documentales del siglo X, hasta San Miguel de Cohicillos, ya en el Besaya. Allí se encuentra una cruz con inscripción de un caminero de Udías de finales del siglo XVIII, y la existencia de un tramo enlosado muy bien conservado en la ladera derecha de la actual carretera por donde se accedía al pueblo, ratificando su enlace por el Corral y el monasterio de Yermo a la ruta de orígen romano entre Riocorvo y Mercadal.


















