Los Molinos: La Fuerza del Agua

Los molinos de río han sido durante siglos una fuente esencial de energía y sustento para las comunidades rurales de la región. A lo largo del cauce del Saja se instalaron numerosos molinos hidráulicos que aprovecharon la fuerza del agua para moler cereal, principalmente maíz.

Estos molinos comenzaron a proliferar especialmente entre los siglos XVII al XIX, cuando la economía rural dependía en gran medida de la agricultura de subsistencia y el maiz se convierte en el principal cereal para la alimentación en Cantabria transformando la economía y el paisaje rural. Las construcciones solían ser de piedra, con tejados a dos aguas cubiertos de teja roja, integrándose perfectamente en el paisaje verde y montañoso característico. En su interior albergaban el mecanismo de molienda, compuesto por una rueda hidráulica movida por el agua recogida desde el río a través de una presa o “azud” y conducida por un canal (calcera o caz) hasta el molino. Había pequeñas construcciones particulares de una sola rueda de molienda y otros mayores que contaban con dos de ellas.

El funcionamiento era sencillo. El curso del agua hacía girar la rueda, que transmitía el movimiento a las piedras de moler. El grano se vertía entre dos grandes piedras circulares: la inferior (solera) permanecía fija y la superior (volandera) giraba, triturando el cereal hasta convertirlo en harina. Esta harina era fundamental para la elaboración de pan, base de la alimentación tradicional, por lo que su necesidad era prioritaria. La actividad molinera alcanzó tal auge que en cualquier río, arroyo o regato que asegurara molienda al menos durante cuatro o cinco meses al año se levantaban molinos.

Muchos de estos molinos eran de propiedad comunal o pertenecían a familias. El grano se transportaba en carros o sobre animales de carga, y el pago se realizaba en especie. El molinero se quedaba con la llamada maquila, que normalmente consistía en un celemín por cada fanega de grano molido. El celemín y la fanega eran medidas de capacidad para productos secos, equivalentes aproximadamente a 4,6 y 55,5 litros, respectivamente. Los molinos que aplicaban este sistema de remuneración recibían el nombre de molinos maquileros.

Los molinos no solo eran lugares de trabajo, sino también espacios de encuentro social, donde los vecinos coincidían mientras esperaban su turno. Aunque se considera que parte de la actividad pudo ser particular, el oficio de molinero en las instalaciones mayores era ventajoso, especialmente en ríos como el Saja que tendría caudal suficiente para funcionar casi todo el año. Era rentable y estable ya que siempre disponía de cereal para consumo propio o para intercambiar. Si el molino era propio, el molinero podía alcanzar una posición económica bastante desahogada, pero si era arrendado a un monasterio, a un mayorazgo o al concejo, debía pagar una renta, lo que reducía el beneficio.

Los molinos de esta zona eran descritos como propiedad de los diferentes concejos o barrios, y explotados por particulares en régimen de concesión. Todo el sistema padeció las fuertes consecuencias de las inundaciones de 1830-40, y la posible enajenación de los molinos en la desamortización de bienes concejiles de 1854. Llegaron a haber hasta 38 molinos en las poblaciones de la mancomunidad reserva del Saja, sobresaliendo Carmona con 11 molinos. También hay que destacar la existencia de dos batanes en Sopeña y en Ruente que servían para suavizar los bastos tejidos de lino que las mujeres tejían para el uso familiar.

Con la llegada de la industrialización y los nuevos sistemas de producción a gran escala en el siglo XX, muchos molinos quedaron en desuso y comenzaron a deteriorarse. Otros cuantos, desde finales del siglo XIX, iniciaron una nueva etapa al ser acondicionados para la producción de electricidad aprovechando los mismos azudes y canales que durante generaciones habían conducido el agua hasta las ruedas de molienda. Es el caso de La Deseada, en Ruente, donde un viejo aprovechamiento hidráulico se adaptó para generar energía eléctrica, y también hubo pequeños saltos aprovechados para centrales en Santa Lucía.

La gran mayoría de unos y otros se han perdido o se reducen a ruinas, y los que se conservan, en su mayor parte es por haber sido rehabilitados como vivienda o restaurante, como son los ejemplos de Viaña, Herrera de Ibio, MazcuerrasCos. Otros siguieron hasta recientemente su actividad tradicional, como ha sido el caso del molino de Villanueva, dedicado a la actividad molinera de maíz hasta 1974-75.

Retaurante Los Molinos de Ruente: El molino de Ruente funcionaba mediante un sistema hidráulico tradicional de rueda horizontal o rodezno, El agua de la Fuentona se desviaba por un canal o acequia hasta llegar al edificio. El agua caía con fuerza al cárcavo (el espacio bajo el suelo del molino), donde golpeaba las palas de una rueda de madera o hierro, el rodezno estaba unido a un eje vertical que atravesaba el suelo y hacía girar la pieza clave: la piedra volandera (la piedra superior).  El grano (principalmente maíz en esta zona de Cantabria) caía desde una tolva de madera al centro de las piedras. La presión y el giro entre la piedra móvil y la fija (piedra solera) trituraban el cereal hasta convertirlo en harina.

Casa Molino de Mazcuerras: El molino se encuentra construido encima del canal, es un edificio de piedra, con tres plantas y sótano, con tres piedras de moler, un conjunto hidráulico que consta de canal, presas, calceras, y maquinaria de moler.

Casa Molino de Cos: Este conjunto hidráulico consta de un molino superior que muele grano y clasifica la harina mediante un cernedor de mallas de distinta finura. En la parte inferior, un segundo molino aprovecha la corriente del río para fabricar las piedras de molienda (solera y muela) necesarias para el sistema. Mediante ruedas verticales, engranajes y embragues, el complejo transforma la fuerza del agua en energía mecánica para el proceso harinero y la generación eléctrica.

En definitiva, los molinos del río Saja son un testimonio vivo de la historia rural de Cantabria. Representan la adaptación del ser humano al entorno natural y reflejan una forma de vida basada en el esfuerzo colectivo y el aprovechamiento inteligente del agua como fuente de energía.