
El Ojáncano es el ser más popular y temido de la mitología cántabra, considerado la personificación del mal. Su figura, representada por Manuel Llano en las inmediaciones de Viaña, Correpoco o Renedo, representa la crueldad, la brutalidad y el carácter salvaje. Habita en cuevas profundas y ocultas de los lugares más apartados de La Montaña. La tradición afirma que desfiladeros y barrancos fueron creados por estos gigantes y que era aterrador verlos caminar sobre la nieve en las noches de invierno.
Se describe como un gigante antropomorfo con un único ojo en la frente, voz atronadora y cuerpo cubierto de un pelo rojizo y áspero. Posee diez dedos en manos y pies, dos hileras de dientes y un único pelo blanco en la barba o melena, que es su punto débil: si se le arranca tras cegarle el ojo, muere. Teme a los sapos voladores y a las lechuzas.
El Ojáncanu se alimenta de bellotas, hojas de acebo, aves, murciélagos y roba ganado, maíz, truchas y anguilas. A este ogro se le atribuyen numerosas maldades, como destruir puentes, robar ovejas, raptar pastoras, arrasar cultivos y profanar iglesias. También se cree que siembra sentimientos negativos entre las personas.
Existen, sin embargo, versiones que hablan de ojáncanos bondadosos, nacidos cada cien años, que ayudan a los humanos y advierten de la llegada de los malignos.
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Relato completo de Manuel LLano
El ojáncanu era el animalón más malu de tou el monte. Robaba a los crios chicos pa chúpalos la sangre y los jacia después peazucos, que los esparcía por el monte pa que los gulieran los lobos y mátalos mientras los comían. A los lobos que mataba, sacábalos el corazón pa untase tou el cuerpu, que era resbalaicíu como una anguila de ríu.
Cuando nacían los crios, la madrina los untaba las sienes y las puntas de los déos con un ungüentu que jactan con agua bendita y laurel y un pocu de jarina, pa que no lo robaran los ojáncanos.
A las mozas que iban a jacer un coluñu de leña, también las mataba si pudía alcánzalas, pa llévalas a la su cueva, onde las soterraba dempués de chúpalas la sangre.
El animalón tenía traza de hombre, con el cuerpu mu gordu y las barbas mu largas, lo mesmu que las melenas, que tenían la color de la ceniza.
En cada mano tenía diez déos, y los piés reondos y grandones, y en meta d’e la frente un joyucu azul que relumbraba de noche como los ojos de los lobos.
En el pescuezu tenía una cosa morá que paecía un collar y en Jas muñecas unas pintas negras y unas rayucas encarnas. Nadie sabía de onde había veníu.
Comía las hojas de los acebales, las andrinas, las bellotas y tóo lo que alcontraba en las cuestas, menos las setas y las mayuetas, que eran venenu pa él.
(…)
Cuando el ojáncanu era vieju y no podía correr por las cuestas ni esquilase a los árboles, lu mataban los sus hijos y enterrábanle al lau de una cajiga, dimpués de abrile la barriga y de sacale la jatera que tenía drento.
A los nueve meses, justos y cabales, el cuerpu del ojáncanu soterrau criaba unos gusanones amarillucios que diz que jedían a carne podría. Los gusanones iban creciendo pocu a pocu y cuando pasaban tres años se jacían ojáncanos.
(…)
Jaz muchos años que en una torca del monte de Leroba, que está cerca de Reneo según se va pa Saja, a la mano derecha, alcontraron a un ojáncanu dando las bocás, pero cuando quisieron echale mano revivió como un gatu y echó a correr por el pernal arriba dando gruñíos como un osu. Aquel ojáncanu diz que fué el últimu de los que hubo por estos montes.
Tamién había ojáncanos bendecios, que no jacían mal a nadie. Las personas que los alcontraban en daque cambera, los acariciaban como si jueran criaturas, y ellos, que eran mu agradecíos, los avisaban cuando venían los ojáncanos malos.
El Ojáncano. RABEL
