La vida tradicional en los municipios del valle del Saja se ha desarrollado durante siglos en estrecha relación con el medio natural y una economía rural basada en la ganadería y el aprovechamiento de los recursos del entorno. Este modelo agroganadero estructuró la actividad cotidiana de las comunidades locales y dio lugar a un conjunto de prácticas, conocimientos y costumbres que aún hoy forman parte de la identidad cultural de la comarca.

La ganadería constituyó históricamente su actividad principal, sustentada en el uso de los montes comunales y orientada progresivamente hacia el ganado bovino. En este contexto destacó la vaca tudanca, especialmente adaptada a los pastos de montaña y al sistema de pastoreo extensivo. La agricultura ocupaba un papel secundario, centrada en pequeños huertos familiares destinados al consumo doméstico y en el cultivo de cereales, entre los que a partir del siglo XVII adquirió especial importancia el maíz.

Este sistema económico se completaba con diversas actividades complementarias, como la recolección de frutos del bosque, la caza, la pesca, el transporte con animales de tiro o los trabajos artesanales. Entre estos últimos destacaban la elaboración de aperos de labranza, la garauja, la artesanía en madera, las afamadas albarcas, y otros oficios vinculados a la vida ganadera, que reflejan un saber tradicional transmitido de generación en generación.

De este modo, la vida cotidiana dio origen a una rica cultura popular que se manifiesta en ámbitos como la gastronomía, las ferias y fiestas o los juegos tradicionales. La cocina montañesa, basada en productos locales, incluye platos emblemáticos como el cocido montañés, mientras que las celebraciones vinculadas al calendario ferial ganadero y prácticas como el juego de los bolos siguen siendo hoy importantes espacios de encuentro y convivencia en el valle del Saja.