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Labores Tradicionales

La Garaúja
Las Albarcas
Leña
Campanos
Los Alfares
La Garaúja

Los inviernos en Cantabria eran muy duros, lo que obligaba a estabular el ganado y suspender las labores del campo. Para complementar la economía familiar surgió la artesanía de la madera, conocida como garaúja. Los portales de las casas se convertían en talleres improvisados donde, con herramientas sencillas como sierras, azuelas, hachas y legras, se fabricaban utensilios agrícolas —rastrillos, horcas, bieldos, garios y mangos, y cebillas (tipo de collar de madera para atar el ganado)— así como diversos objetos domésticos. La madera utilizada procedía de los montes cercanos, sobre todo de haya, abedul y avellano.

Los aperos se sometían a la “jumera”, un secado con humo y calor que aumentaba su resistencia y durabilidad. Una vez terminados, se transportaban en carros hasta las ferias de Castilla, en viajes que podían durar más de una semana. Había dos caminos: los que partían de Correpoco o Bárcena Mayor iban por la ruta de Mobejo, y los que salían de Saja, Colsa o Los Tojos tomaban el camino de Venta Vieja y  cruzaba el Puerto de Palombera. A comienzos de junio partían caravanas de carretas cargadas con mercancía, acompañadas por parte de la familia y un equipaje mínimo. Los alimentos se conseguían por el camino, muchas veces mediante el trueque. Cuando se acercaban a los pueblos, la gente los reconocía por los “chillidos” que emitían las carretas

A principios de la década de 1930 surgieron intermediarios que compraban los productos en los pueblos y los transportaban en camiones. Con la Guerra Civil Española la actividad se paralizó, y aunque después se reanudó, la demanda disminuyó notablemente, provocando el declive del comercio tradicional con Castilla. Hoy en día, algunos artesanos continúan trabajando la madera en los portales, preservando esta tradición.

Las Albarcas

La fabricación de albarcas es una de las tradiciones artesanales más representativas del mundo rural cántabro. Las albarcas son un calzado de madera, generalmente elaborado en una sola pieza, diseñado para aislar el pie del barro y la humedad en un territorio de clima lluvioso y terrenos embarrados. Su uso estuvo muy extendido en los valles y zonas de montaña hasta mediados del siglo XX.

Tradicionalmente se fabricaban con madera de haya o de abedul, por su resistencia y facilidad de tallado. El artesano, conocido como albarquero, trabajaba el bloque de madera con herramientas manuales como la “legra”, vaciando el interior y dando forma a la suela y a los característicos “tacos o tarugos” apoyos inferiores que elevan el pie del suelo. Después se alisaba la superficie y, en algunos casos, se decoraba con sencillos motivos geométricos.

Las albarcas se ajustaban al pie con correas de cuero y se utilizaban sobre medias gruesas de lana, los escarpines. Además de su función práctica, forman parte del traje regional cántabro y siguen presentes en fiestas y celebraciones tradicionales.

Aunque hoy su uso cotidiano ha desaparecido, la fabricación artesanal continúa como muestra del patrimonio etnográfico de Cantabria y como símbolo de su identidad cultural rural. Carmona se considera un referente de la cultura montañesa, donde el oficio de albarquero ha perdurado a lo largo del tiempo. En sus calles puede encontrarse un monumento como homenaje a ellos.

Leña

Las labores de acarrear leña fueron una actividad fundamental en la vida rural tradicional, especialmente hasta mediados del siglo XX. La leña constituía la principal fuente de energía para cocinar, calentar la vivienda y alimentar los hornos, por lo que su recogida era una tarea imprescindible cada año.

La obtención de leña se realizaba en montes comunales o bosques cercanos, donde se cortaban ramas y árboles, principalmente de roble, haya o encina. Tras la tala, la madera se troceaba y se transportaba hasta el pueblo o la casa. Este acarreo podía hacerse a mano o a hombros, en carros tirados por bueyes o vacas, o mediante caballerías, dependiendo del terreno y la cantidad. En zonas de montaña, el esfuerzo era considerable debido a las pendientes y a las condiciones climáticas.

Era un trabajo duro que implicaba a toda la familia y que se organizaba especialmente antes del invierno, para asegurar el abastecimiento durante los meses fríos. Además de su función práctica, esta labor estaba vinculada al aprovechamiento sostenible del monte, ya que se respetaban turnos y normas tradicionales de corta y recogida.

Hoy, aunque el uso de leña ha disminuido con otras fuentes de energía, esta actividad forma parte del patrimonio etnográfico de Cantabria.

Campanos

La fabricación de campanos en nuestra región es una tradición artesanal vinculada al mundo rural y a la ganadería de montaña. El campano es una campana o cencerro de gran tamaño que se coloca al cuello del ganado, especialmente vacas y bueyes, para localizar a los animales en los pastos y distinguir a los ejemplares guía del rebaño. Su sonido grave y potente se convierte en un elemento característico del paisaje sonoro de los valles cántabros. Hay tamaños diferentes, y variaciones para otros animales como las zumbas para caballos o las campanillas para el ganado menor (ovejas y cabras).

Tradicionalmente, los campanos se siguen elaborando de forma artesanal utilizando hierro o acero, que se moldea y remacha hasta conseguir la forma troncocónica característica. Posteriormente se coloca el badajo, normalmente de madera dura, hueso o hierro, responsable del sonido. La afinación no es casual: cada campano tiene un tono particular (su “voz”) que permite identificar a cada animal o ganadero.

Esta actividad estuvo ligada a herreros y talleres locales, que transmitían el oficio de generación en generación. Con la mecanización y la reducción de la ganadería tradicional, la fabricación artesanal ha disminuido, aunque todavía existen artesanos que mantienen viva esta práctica como parte del patrimonio etnográfico de Cantabria. Hoy en día, el campano no solo cumple una función práctica, sino que también es un símbolo cultural asociado a las ferias ganaderas y a la identidad rural cántabra.

Los Alfares

El valle del Saja fue uno de los núcleos alfareros más importantes de Cantabria, destacando los focos de Cos, Mazcuerras, Virgen de la Peña y Cabezón de la Sal. Esta artesanía era un modelo de aprovechamiento integral del entorno gracias a la abundancia de materias primas estratégicas:
◦  Arcilla de calidad: Extraída directamente de yacimientos en Cabezón de la Sal y la Sierra de Ibio. Alfareros locales obtenían el barro en fincas próximas como «La Cotorra».
◦ Esmaltes propios: A diferencia de otras zonas, utilizaban plomo de yacimientos cercanos en Udías y Cos para impermeabilizar las piezas. El mineral se molía en molinos de Mazcuerras hasta lograr un polvo fino.

Tecnología y Técnicas Artesanales:
Los olleros empleaban dos tipos de tornos: el de mano (movido con un palo) y el de pie, más veloz y avanzado. En cuanto a la cocción, existían desde hornos ibéricos de estructura fija hasta hornos improvisados (agujeros en la tierra cubiertos con cascotes), usados también para cocer tejas.

A mediados del siglo XIX, el padrón de Mazcuerras reflejaba una comunidad activa donde familias enteras, incluyendo a numerosas mujeres como María García o Martina Díaz, constaban oficialmente como alfareras.

Aunque hoy solo quedan piezas en manos privadas —en parte por la tradición de romper ollas viejas en juegos populares—, los alfares siguen siendo el símbolo de una economía diseñada para cubrir las necesidades del pueblo con los recursos de la tierra.

Restos de Antiguo horno cerámico en Cohorcos

Se localiza entre Cos y la ermita de Cintul junto al Camino Real, donde existió una antigua venta. Se trata de un horno cerámico de planta trapezoidal con un muro curvo con un altura de casi 4 metros por 2 metros de ancho. Compuesto de dos cámaras, perfectamente delimitadas: la inferior, para la quema de combustible de madera o carbón; y la superior, donde se colocaban las piezas para su cocimiento o vidriado, formando una parrilla estrellada compuesta por estrechas piezas de piedra. Se utilizó desde finales del siglo XVII hasta los años 70 del siglo XX.

Lavaderos
Matanza
Queso
Huertos
Cortes Hierba
Lavaderos

Los lavaderos públicos de la Macomunidad Reserva del Saja y de Cantabria en general fueron espacios tradicionales de uso comunitario muy importantes hasta mediados del siglo XX. Situados generalmente junto a fuentes, manantiales o pequeños arroyos, aprovechaban sus aguas para lavar la ropa antes de la llegada del agua corriente a las viviendas y de las lavadoras. Eran construcciones sencillas, normalmente de piedra, con pilas inclinadas y techumbre para proteger de las inclemencias de la meteorología.

Además de su función práctica, los lavaderos tenían una gran importancia social. Eran lugares de encuentro para las mujeres, que acudían regularmente a lavar la ropa. Allí se compartían noticias, se fortalecían relaciones vecinales y se mantenían vivas tradiciones y costumbres locales. Por eso, los lavaderos no solo cumplían una función higiénica, sino también social y cultural.

Con la modernización y la mejora de las infraestructuras domésticas, muchos lavaderos dejaron de utilizarse, aunque todavía se conservan en numerosos pueblos como parte del patrimonio etnográfico. Actualmente, algunos han sido restaurados como elementos históricos que recuerdan una forma de vida ligada al esfuerzo, la comunidad y el aprovechamiento sostenible del agua.

Matanza

La matanza del chon es una tradición rural muy arraigada en Cantabria, especialmente en los pueblos del interior y las zonas ganaderas como el Saja. El “chon”, palabra cántabra para referirse al cerdo, se criaba durante todo el año en las casas para asegurar el abastecimiento de carne y embutidos durante el invierno. La matanza solía celebrarse entre noviembre y febrero, cuando el frío ayudaba a conservar mejor los productos.

La jornada comenzaba temprano y reunía a familiares y vecinos, ya que era un trabajo colectivo. Tras el sacrificio del animal, se procedía al despiece y al aprovechamiento casi total del cerdo. Con la carne se elaboraban chorizos, morcillas, longanizas, mientras que otras partes se destinaban a la salazón o al adobo. Productos como el lomo, el tocino o las costillas se conservaban para el consumo durante meses.

Solía tener un especial protagonismo el borono, que se elaboraba principalmente con sangre de cerdo, cebolla y harina —habitualmente de maíz, aunque también puede llevar trigo—, además de sal y especias. Tras mezclar bien los ingredientes, la masa se cuece hasta que adquiere consistencia firme. Una vez frío, se corta en rodajas y es muy habitual consumirlo frito, acompañado de huevos o como parte de un plato más contundente.

Más allá de su función alimentaria, la matanza tenía un importante carácter social. Era un día de colaboración y convivencia, acompañado de comidas abundantes y recetas típicas. Aunque hoy en día esta práctica ha disminuido debido a los cambios sanitarios y de estilo de vida, en algunos hogares se sigue manteniendo, recordando una forma de vida ligada a la autosuficiencia y al mundo rural cántabro.

Queso

La tradición de hacer queso en el valle de Saja hunde sus raíces, desde hace generaciones, en la presencia de la ganadería como actividad central, que ha favorecido que la leche de vaca, oveja o cabra se haya transformado en queso siguiendo métodos artesanales que fueron pasando de padres a hijos.

El proceso comienza con el ordeño diario y el calentamiento cuidadoso de la leche. Se añade cuajo natural y, tras la coagulación, la cuajada se corta y se moldea con paciencia. Después, los quesos se prensan y se dejan madurar en bodegas frescas, donde adquieren su textura firme y su sabor intenso. Y después cada casa tenía sus pequeños secretos: el tiempo exacto de curación, la cantidad de sal o el tipo de madera de las estanterías. El resultado son quesos con sabores variados y una clara vinculación con el entorno y con los pastos del valle.

En la actualidad, el ejemplo vivo más importante de esta tradición (continúan y mejoran lo aprendido por sus bisabuelos) es la labor de la quesería ubicada en Sopeña, elaborando quesos artesanales a partir de leche local que ha obtenido reconocimiento tanto en el mercado de toda España como en certámenes internacionales.

Huertos

El huerto tradicional en Cantabria ha sido durante siglos (y perdura en muchos lugares) un elemento básico de la economía familiar rural. Situado normalmente junto a la vivienda, en terrenos fértiles y bien drenados, el huerto aprovechaba el clima oceánico húmedo y las abundantes lluvias para garantizar una producción variada durante gran parte del año.

En estos huertos se cultivaban productos de autoconsumo como patatas, berzas, alubias, cebollas, tomates, pimientos, además de frutales como manzanos o perales. La organización del espacio era sencilla pero eficaz, combinando cultivos de temporada y practicando la rotación para mantener la fertilidad del suelo. El estiércol del ganado se utilizaba como abono natural, reflejando un sistema agrícola sostenible y ligado a la ganadería.

El trabajo en el huerto era familiar y seguía el ritmo de las estaciones. Además de su función económica, el huerto buscaba la mayor autosuficiencia alimentaria y conservaba variedades locales adaptadas al clima cántabro.

Tuvo especial importancia el maíz pilar fundamental de la economía doméstica. Introducido tras el intercambio colombino, este cultivo se adaptó bien al clima húmedo de la región y proporcionó una base alimentaria esencial para las familias y el ganado. El maíz garantizaba harina para la elaboración de pan y borona (pan de maíz), además de forraje para los animales, lo que reforzaba la autosuficiencia de las casas. Tan tradicional y familiar como su siembra eran las labores de deshoje y desgranado de la panoja.

Más allá de su valor económico, el maíz formó parte de la cultura y la vida cotidiana, convirtiéndose en un elemento clave para la subsistencia y también para la identidad rural cántabra, influenciando incluso en la evolución de la propia arquitectura, que no solo supone el paso de una planta a dos en la vivienda sino que además conlleva la aparición de un espacio tan identitario como la solana, como espacio ideal para secar el maiz, en detrimento del horreo.

Cortes Hierba

Los cortes de hierba en el territorio ganadero de Cantabria forman parte esencial de la tradición regional. Debido al clima oceánico, con abundantes lluvias y temperaturas suaves, los prados crecen con rapidez y permiten varias siegas al año, especialmente en primavera y verano. La hierba cortada se destina principalmente a la alimentación del ganado bovino, base de la economía rural cántabra.

Tradicionalmente, el corte se realizaba de forma manual con dalle (guadaña), lo que exigía gran esfuerzo físico y coordinación. Era una actividad comunitaria en la que participaban miembros de la familia e incluso vecinos, reforzando los lazos sociales en los pueblos. Tras la siega, la hierba se dejaba secar al sol para convertirla en heno, que luego se recogía y almacenaba en pajares para el invierno.

En el sistema tradicional es fundamental el dalle, que debía picarse con un yunque y un martillo. El yunque quedaba clavado en la tierra, sobre éste se disponía la hoja del dalle y con el martillo se aplicaban unos golpes para dejar el corte más fino y la desaparición de imperfecciones. Durante la siega el dalle se afilaba con la pizarra que sacaba el segador de la colodra colocada en su cinturón.

Con la mecanización agrícola, el proceso se modernizó mediante segadoras y empacadoras, reduciendo el tiempo y el trabajo necesario. Sin embargo, los cortes de hierba siguen siendo una práctica fundamental para el mantenimiento del paisaje de esas permanentes praderas verdes tan propias de Cantabria.

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