
El Musgoso es un ser legendario de la mitología cántabra que habita en los bosques más espesos y húmedos de la región, especialmente en robledales y hayedos poco transitados como estos de los alrededores de Bárcena Mayor.
Su nombre proviene del musgo que cubre gran parte de su cuerpo, lo que le permite camuflarse perfectamente entre árboles y rocas, convirtiéndolo en un auténtico espíritu del bosque. Se le describe como una figura alta y delgada, de aspecto cansado, cubierta de musgo y vestida con elementos naturales. Camina lentamente sin detenerse nunca y lleva siempre consigo una flauta de origen desconocido. Aunque no habla, es muy respetado por los pastores, muchos de los cuales aseguran haber sido ayudados por él.
Su misión es proteger el monte y advertir de los peligros, ya sean temporales, animales o seres malignos como el Ojáncano. Para ello utiliza señales como el sonido de su flauta, silbidos nocturnos o ruidos en la montaña, que alertan a los pastores para que se pongan a salvo. Compasivo y trabajador incansable, también repara las chozas dañadas por las tormentas, actuando como un guardián silencioso de la naturaleza cántabra. Por ello, según la tradición oral recogida por Manuel Llano, desorienta a los caminantes que no respetan el entorno, haciéndoles perderse en los caminos entre la maleza.
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Relato completo de Manuel LLano
El Musgoso andaba por el monte con su gran zamarra de musgo seco, con su sombrero de hojas verdes, con sus escarpines de piel de lobo. Era alto y delgado, y de sus espaldas colgaba un zurrón amarillo, de cuero. Caminaba lentamente, como si siempre estuviera cansado, como si viniera de muy lejos, andando, andando sin parar. Tenía la cara pálida, los ojos pequeños y hundidos, las barbas largas y negras. A veces tocaba una flauta, sin dejar de caminar. Cuando los pastores oían la flauta del Musgoso, miraban a las nubes con recelo. No tardaría en soplar el vendaval. Entonces apacentaban el ganado apresuradamente y ponían más piedras sobre el techo de bálago de la cabaña, para que no le llevara el viento.
Otras veces, oían en las tinieblas un silbo largo, largo que llegaba de una cumbre, de una hondonada, de un bosque tenebroso. Los pastores se levantaban sobresaltados y los mastines empezaban a ladrar y a correr por las cercanías de la braña. El silbo misterioso anunciaba el los ojos brillantes del lobo, los pasos cautelosos de los ladrones de ganado, el jadeo de algún oso en las proximidades del lugar donde se apretujaban las reses descansando. Era el Musgoso, siempre atento a los peligros del monte, avisando de día con la flauta y de noche con su silbido.
(…)
Venía el otoño y bajaban al valle los pastores y los ganados. Las cabañas se quedaban solas. Runflaban los aires locos de diciembre y de enero, rompían los tejados de las chozas, se llevaban los bálagos volando como pájaros pajizos, secos, extraños. Cuando volvía la primavera y el monte se llenaba de nuevo de mugidos, de voces, de ladridos, parecía que el invierno no había pasado por allí. Las cabañas estaban intactas, limpias, como recién construidas. Los terrones nuevos verdeaban en el techo, el suelo estaba seco, los resquicios tapados con pedacitos de piedra y de barro. Era el Musgoso, diligente, compasivo, trabajador, que había arreglado los destrozos de las iras del invierno, colocando las piedras caídas, levantando los tejados, esparciendo la yerba fresca, olorosa, en el sitio de la cabaña donde se acuestan los vaqueros…
Pasaban los años, envejecían los pastores, venían otros, jóvenes, duros, contentos, que también se hacían viejos, tristes, encorvaditos. El Musgoso siempre estaba lo mismo, alto y delgado, con sus barbas negras, con su sombrero de hojas verdes, con su cara pálida y los ojos pequeños y hundidos, con su zurrón amarillo, brillante, como si no le hicieran mella el sol, la lluvia, el viento… Siempre caminando con lentitud, con aire de cansancio, con las manos escondidas en el pecho entre el musgo de la zamarra, con sus escarpines de piel de lobo, con su flauta de una madera negra, desconocida…
Mitos. LA BRAÑA
