El Pecu

Manuel Llano recoge la tradición de Carmona que habla de una fuente bendita a la que acuden los recién casados para beber su agua como rito de protección y fertilidad. Según la costumbre, los novios deben beber en una tarreña (vaso de cerámica) blanca con una cruz pintada, compartir el agua con los padrinos y dejar el último sorbo a la abuela más anciana.

Cuenta la leyenda que un joven forastero profanó la fuente por burla y, cuando se casó con una moza del Barrio de La Pesa, despreció el ritual. El espíritu de una anjana enterrada junto al manantial los castigó, y su hijo nació marcado por graves deformidades. Tras una vida errante y salvaje, el muchacho murió junto a la misma fuente.

Según cuenta él, desde entonces, los vecinos respetaban profundamente el manantial y acudían a él para pedir protección contra desgracias, y es que su agua era bendita para los buenos y maldita para los malvados, capaz de traer hijos sanos, aliviar penas y curar la tristeza.

Esta tradición no se ha conservado actualmente.

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Relato completo de Manuel LLano

Decía José Díaz, 15 años, de Carmona… Pos esta es la juente bindita. Tos los mozos y toas las mozas, cuando se casan, vienen a beber esti agua en una tarreña blanca que tien pintá una cruz mora. Dempués que beben el agua, dan un sorbu a los padrinos y lo que queda en la tarreña lo bebe la güela más vieja de los novios.

Una vez un mozu de Gustiriguao, que venía a cortejar a una moza del barriu dé la presa, emporquerizó el agua de la fuente y la llenó de piedras, como riéndose el mu indinu de tos los vicinos de Carmona, que querían a la juente mesmamente que a los sus hijos.

Cuando se casó el mozu de Gustiriguao con la moza de esti pueblu, no jueron a beber el agua de la juente en la tarreña blanca, y el alma de la anjana que está enterra a la orilla del esti regatucu los castigó con toa la su juerza, y cuando tuvieron el primer mozucu, nació con los ojos reviraos y con unos granones que ajedían a pudríu encima de los ojos y en los mesmos jocicos. Tenía las dos patucas tuertas y un bultu mu grande en metá del espinazu. Cuando lloraba no lo jacía como las presonas y daba unos berríos lo mesmu que un bellucu escurríao. Cuando cumplió los diez años se escapó por el monte y golvió en el inviernu, cuando había nevás en tos los pernales. Diz que traía to el vestíu jechu un melán y tenía pelos como los del tasugu en la cara y en el pescuezu, y dimpués se murió un día al lau de la mesma fuente que emporquerizó el su padre, onde lu cumieron los lobos.

Dende aquel día tos los ricién casaos van a la juente pa beber el agua y pedir de rudillas al alma de la anjanuca que los libre de toas las maldaes y de toas las desgracias.

El agua de esta juente diz que está bendicía. A los que vienen a vela el mesmu día del casoriu, les jaz que tengan unos crios mu majos y mu coloraos, y los que no vienen tienen unos hijos medio relochos y lelos, con una cabezona mu grande y con unas patas más delgaucas que una bardiasca de avellanu.

Dicía mi güela que el agua de esta juente es bendecía pa los güenos y maldecía pa los malos y que curaba la malenconía de los enamoraos y las tristuras de los viejos que andan por el pueblu muertos de necesidá y por el despreciu de los sus hijos.

Tos los años, cuando se cogían las panojas en la mies, había una fiesta en esti campu y cada vecinu daba media docena de panojas a un hombre que limpiaba tou el añu la fuente y daba güenos bardiascaizos a los crios que la manchaban.

Ahora tovía se quier muchu a la juentuca, pero no como endenantes, pos los mozos y las mozas, onque beben el su agua, no tien muchu aquel pa querela como Dios manda.

La fuente bendita. RABEL