«Ni es descortesía ni es desobediencia,
en casa de nobles cantar sin licencia;
si nos dan licencia, señor, cantaremos;
con mucha prudencia las marzas diremos».
Las Marzas, el despertar de la primavera y su origen ancestral
Las Marzas son un canto petitorio enmarcado dentro de los rituales de tránsito y que servía originalmente para «conjurar» la fertilidad de la tierra, donde el mes de marzo marcaba el inicio del año agrícola y el despertar de la naturaleza tras el invierno. A través del canto de los mozos, las comunidades del valle buscaban atraer la buena suerte para las cosechas y el ganado, estableciendo un vínculo sagrado entre el hombre y el ciclo estacional que ha logrado sobrevivir durante milenios en el norte de España.
Supervivencia y comunidad
Históricamente, las Marzas eran un ritual estrictamente masculino de iniciación y una de las pocas formas de ocio y cohesión social en la dura vida rural de los siglos pasados. La última noche de Febrero y las primeras de Marzo, las rondas de mozos solteros recorrían los barrios a medianoche, pidiendo permiso a las autoridades y a los dueños de las casas para cantar. Al llegar a cada casa todos al unísono saludan con el tradicional: “Somos los marceros: ¿cantamos, rezamos o nos vamos?” Si les respondían “cantar”, los mozos entonaban el tradicional canto de las marzas, si por el contrario, les respondía “rezad”, era porque la casa estaba de luto o tenía un enfermo así que se rezaba un Padre Nuestro, y si les decían que se fuesen, seguían su camino con sus cestos, campanos y faroles. Con el repiqueteo de sus albarcas y palos como única música, con sus cestos, campano y faroles
El objetivo principal de estos cánticos petitorios era la «mora», el aguinaldo o el “dao”: los vecinos, en un gesto de solidaridad vecinal, entregaban productos de la matanza, huevos o vino. Lo recaudado se utilizaba para celebrar una gran comida podían asistir invitados especiales, como el alcalde de barrio o los mozos recién casados, reforzando los lazos de hermandad entre los jóvenes del pueblo antes de que las duras labores de la primavera comenzaran.
En nuestra Mancomunidad tenemos la suerte de saber cómo se celebraban las marzas gracias a la figura de Delfín Fernández González que en su obra Cabuérniga, sones de mi valle (1895), dedica un cuento a la tradición de las marzas. Fernández describe cómo los jóvenes de Sopeña recorren las casas acompañados por el cabrero para pedir las marzas, recibiendo dinero o alimentos —como huevos, castañas, chorizo o cecina—. Estos productos recogidos se llevaban después a casa de una mujer reconocida por su buena mano en la cocina, quien preparaba una comida festiva para el domingo siguiente, incluyendo postres como arroz con leche o torrijas.
Una de las curiosidades de nuestro valle es que en años con pocos mozos solteros, eran los casados quienes asumían la tradición para evitar que se perdiera. Y que los niños también tenían su “petit marzas”
La pervivencia actual
Las Marzas están declaradas por el Gobierno de Cantabria como Bien de Interés Cultural Etnográfico Inmaterial desde el año 2015. Hoy en día, en la Mancomunidad Reserva del Saja son un símbolo de identidad y resistencia cultural que se adapta a los nuevos tiempos. Y que continúan vivas gracias al impulso de asociaciones vecinales, coros ronda y centros educativos que han asumido la responsabilidad de mantener esta tradición. Estas entidades organizan ensayos, que permiten transmitir los cantos y rituales a las nuevas generaciones.

En núcleos como Herrera de Ibio, la tradición todavía se mantiene, donde el sonido de los campanos y el ambiente festivo envuelven a todo el pueblo en especial a los niños y niñas. En Los Tojos y Ruente, el rito se recrea con una solemnidad especial, las asociaciones folklóricas y rondas corales cantan las letras antiguas y se recrean las mazas con las paradas tradicionales en los portales de piedra.
Aunque hoy el dao suele ser económico y ya no es vital para la subsistencia, el propósito sigue siendo el mismo: reunirse, cantar a la vida que renace y asegurar que el eco de los antepasados siga resonando con fuerza en cada rincón de la Mancomunidad.
