La arquitectura tradicional en el territorio de la Mancomunidad Reserva del Saja constituye uno de los ejemplos más ricos y representativos del patrimonio rural cántabro. Más allá de su función práctica, las casas montañesas, casonas y portaladas desarrollaron un elaborado lenguaje decorativo que refleja la habilidad de canteros y carpinteros locales, así como una profunda vinculación con el paisaje, las creencias populares y la identidad de sus habitantes.

La decoración se concentra especialmente en los elementos más visibles de las fachadas: solanas, aleros, balconadas, puertas, ventanas y muros cortavientos. La madera de roble permitió la creación de extraordinarios trabajos de talla en vigas, zapatas, canecillos y barandillas, donde aparecen motivos muy variados como sogueados, denticulados, dameros, taqueados, espirales, rosetas, flores hexapétalas… Estos mismos diseños se reprodujeron también en puertas y contraventanas, formando un repertorio ornamental propio de la tradición montañesa.

La piedra fue igualmente soporte de una rica decoración. Dinteles, jambas, ventanas y arcos muestran cruces protectoras, rosetas, puntas de diamante, molduras y otros símbolos de carácter tanto religioso como de protección, destinados a guardar la vivienda y a quienes la habitaban. En las casonas de mayor entidad destacan además los escudos heráldicos, testimonio del prestigio social de sus propietarios.

El Valle de Cabuérniga, considerado por algunos como “la Meca” de la casona montañesa, junto con el diverso y rico catálogo patrimonial de la arquitectura tradicional en los pueblos de Mazcuerras, constituye uno de los territorios donde esta tradición alcanzó uno de sus mayores desarrollos. Las hileras de casas orientadas al sur, las amplias solanas y los grandes aleros tallados convierten a estos pueblos en auténticos museos al aire libre, donde cada detalle decorativo narra una parte de la historia, la economía y la cultura popular de la Cantabria rural.

 

FIGURAS GEOMÉTRICAS

Los motivos geométricos constituyen una de las manifestaciones decorativas más características de la arquitectura tradicional de Cantabria. Presentes tanto en la piedra como en la madera, adornan solanas, aleros, puertas, ventanas, corredores, muebles y numerosos objetos de uso cotidiano. Su amplia difusión responde no solo a razones estéticas, sino también a su fuerte carga simbólica y protectora.

Entre los diseños más habituales destacan los sogueados, inspirados en la forma de una cuerda trenzada y que en algunos lugares aparece con el nombre de “cordón de San Francisco” por la semejanza con el cordón anudado que forma parte del hábito franciscano. También son muy frecuentes los denticulados, formados por pequeñas piezas repetidas; los taqueados o dameros, compuestos por cuadrados alternos; las espirales y los diferentes motivos estrellados y radiales. Muchos de ellos derivan de formas geométricas sencillas que podían reproducirse fácilmente mediante el uso del compás, la escuadra o la simple incisión sobre la madera y la piedra.

Algunos de estos motivos tienen un origen muy antiguo, relacionado con símbolos solares, creencias protectoras y viejas tradiciones. Aunque con el paso del tiempo fueron perdiendo su significado original, continuaron utilizándose como elementos ornamentales, integrándose plenamente en el repertorio decorativo popular.

La repetición de estas formas geométricas aporta ritmo y armonía a las construcciones tradicionales, convirtiéndose en una de las señas de identidad más reconocibles de la arquitectura rural cántabra y del trabajo artesanal de canteros y carpinteros.

Además de las formas planas, el motivo geométrico se representa también en volumen, generalmente a través de los pináculos, esos remates decorativos de piedra, generalmente de forma piramidal, cónica o prismática, que se colocan en los extremos de muros, portaladas, cercas y algunos edificios de mayor entidad. Actúan como símbolos de prestigio y distinción. Su diseño suele ser sencillo, aunque en ocasiones incorpora molduras, bolas o elementos escultóricos.

Otro modo decorativo que busca el volumen es la moldura, que se usa para rematar, enmarcar o decorar superficies y encuentros entre planos. Su función principal es suavizar la rigidez de las líneas rectas y enriquecer visualmente las construcciones. Canteros y carpinteros emplearon una amplia variedad de perfiles, como boceles, escocias, cavetos, golas y talones, aplicados tanto de forma aislada como combinada. Aparecen en antas o muros cortavientos, puertas, ventanas, cornisas, pilastras, portaladas y humilladeros, así como en elementos de madera como canes, zapatas y ménsulas de las solanas.

 

 

FIGURAS VEGETALES

Los motivos copiados de la naturaleza siempre han sido una temática reincidente en el sentido decorativo universal, y podemos decir que en la arquitectura tradicional de nuestro territorio los motivos vegetales —plantas, flores, hojas y rosetas—  pueden ser uno de los más utilizados en la decoración de edificios, muebles y utensilios.

Dentro de este conjunto, muestra una especial importancia lo que se conoce como rosetas o rosáceas, consideradas el motivo decorativo más característico del arte cantábrico. Estas figuras aparecen talladas en piedra o madera y se emplean en arquitectura civil y religiosa, así como en elementos cotidianos. El repertorio de formas y disposición es amplísimo: inscritas en círculos o rectángulos, talladas, grabadas o ahuecadas, trifolias, tetrafolias, de pétalos múltiples… Dentro de ellas hay que destacar la hexapétala, a la que dedicamos un apunte especial a continuación y las rosetas tipo “margarita”, con disposición radial de unos pétalos claramente redondeados en los extremos que se disponen alrededor de un botón central y gran uso en madera y piedra.

También pueden encontrarse otras figuraciones vegetales, como muchas de las decoraciones de hojas que acompañan a muchas volutas en los extremos de ménsulas y zapatas.

 

LA HEXAPÉTALA

La hexapétala, también conocida como rosa de seis pétalos o hexafolia, es uno de los motivos decorativos más característicos y extendidos de la arquitectura tradicional de Cantabria. Se trata de una figura geométrica realizada con compás, formada por seis pétalos lanceolados inscritos generalmente en un círculo, aunque también puede aparecer dentro de otras formas geométricas.

Su origen es muy antiguo y está relacionado con creencias simbólicas anteriores al cristianismo. Tradicionalmente se ha interpretado como un símbolo solar asociado a la vida, la regeneración y la inmortalidad. Con el paso del tiempo, el cristianismo incorporó este motivo a su propio lenguaje simbólico, favoreciendo su difusión y permanencia a lo largo de los siglos.

En Cantabria, la hexapétala fue utilizada tanto como elemento decorativo como protector. Por ello aparece grabada o tallada en dinteles, ventanas, puertas, muebles, arcones, albarcas, utensilios domésticos e incluso en objetos relacionados con el ganado. Su presencia en la arquitectura popular refleja la creencia en su capacidad para alejar los males y proteger la vivienda y a sus habitantes.

La sencillez de su trazado y la riqueza de su simbolismo explican su extraordinaria difusión, convirtiéndola en uno de los motivos ornamentales más representativos del patrimonio artístico y etnográfico cántabro.

 

LA FLOR DE LIS

Otro caso especial entre los motivos vegetales es la conocida flor de lis. Aunque su origen se relaciona con la heráldica medieval, especialmente con la monarquía francesa, en Cantabria aparece con frecuencia desligada de los escudos, formando parte de la ornamentación de fachadas, portaladas, verjas y otros elementos constructivos.

Además de su valor decorativo, la flor de lis posee un importante contenido simbólico. Tradicionalmente se ha asociado a la pureza, la luz y la vida, y en el ámbito cristiano se ha interpretado como una representación de la Santísima Trinidad. Su reiterada presencia en la arquitectura popular cántabra demuestra cómo determinados símbolos heráldicos trascendieron su función original para integrarse plenamente en el repertorio ornamental de las construcciones tradicionales.

 

ANTROPOMORFOS Y ZOOMORFOS

Las representaciones antropomorfas (que adopta o reproduce rasgos del ser humano)  y zoomorfas (que adopta o reproduce rasgos animales)  constituyen una de las manifestaciones decorativas más antiguas de la humanidad y tienen una larga tradición que se remonta a la Prehistoria. En Cantabria, esta herencia puede rastrearse desde el arte rupestre de sus cuevas hasta los grabados megalíticos y las estelas prerromanas, pasando por la rica iconografía del arte románico. Sin embargo, en la arquitectura tradicional cántabra estos motivos aparecen con menor frecuencia que los geométricos, vegetales o religiosos, aunque conservan un notable interés histórico y etnográfico.

Las figuraciones antropomorfas se presentan principalmente en dos modalidades: rostros o cabezas aisladas y figuras humanas de cuerpo entero. Suelen encontrarse talladas en dinteles, arcos, ménsulas, zapatas de madera, pináculos y otros elementos arquitectónicos. Algunas muestran un carácter popular y esquemático, mientras que otras revelan una ejecución más elaborada, permitiendo identificar detalles de la indumentaria o los atributos de los personajes representados.

Las representaciones zoomorfas son aún más escasas. Entre los animales representados destacan bovinos, aves, leones, jabalíes y serpientes, además de seres fantásticos como las sirenas o serpientes aladas. Estos motivos aparecen decorando ventanas, portaladas, dovelas, aldabas de forja o formando parte de otros elementos decorativos como los escudos.

 

 

ASTRALES

Los motivos astrales constituyen uno de los repertorios decorativos más antiguos y universales presentes en la arquitectura tradicional de Cantabria. Bajo esta denominación se agrupan las representaciones del Sol, la Luna y las estrellas, elementos que, además de su función ornamental, poseen una profunda carga simbólica heredada de creencias y tradiciones muy antiguas.

En Cantabria, estos motivos suelen aparecer tallados en piedra sobre dinteles, ventanas y otros elementos arquitectónicos, generalmente formando conjuntos decorativos en los que se combinan soles, lunas y estrellas. El Sol se representa habitualmente con rostro humano rodeado de rayos, mientras que la Luna adopta la forma de creciente lunar con una cara humana de perfil. Las estrellas suelen representarse mediante figuras geométricas de varios brazos, destacando la pentalfa o estrella de cinco puntas, símbolo de gran antigüedad que aparece con cierta frecuencia en ventanas y dinteles.

La importancia de estos motivos en la cultura cántabra está relacionada con vinculación de la sociedad tradicional con los ciclos naturales. Actividades como la agricultura, la ganadería, la explotación forestal o la pesca dependían en gran medida de la observación de los astros, especialmente de las fases lunares, a las que se atribuía una influencia directa sobre las cosechas, la tala de árboles o las faenas marítimas.

También ligados a esta perspectiva estaría la importante presencia de relojes de sol que, en muchos casos, superan lo decorativo para acercarse a lo funcional, lo simbólico, incluso cobrando la importancia de elemento representativo de prestigio social.

 

 

LA CRUZ y LOS MOTIVOS LITÚRGICOS

La cruz constituye uno de los símbolos más importantes y difundidos de la decoración tradicional cántabra. Aunque hoy se identifica principalmente con el cristianismo, su origen y significado son mucho más antiguos, vinculándose a ideas universales como el Árbol de la Vida, la unión entre lo celestial y lo terrenal y los ciclos de la existencia. La lenta cristianización de Cantabria, favorecida por su carácter rural y su fuerte arraigo a antiguas creencias, hizo que durante siglos convivieran elementos paganos y cristianos, integrándose ambos en las manifestaciones artísticas populares.

Durante los siglos XVII y XVIII, y en menor medida el XIX, la religión ocupó un lugar central en la vida cotidiana de los cántabros. Esta profunda religiosidad se reflejó en la decoración de las viviendas y demás construcciones tradicionales, donde la cruz se convirtió en el motivo simbólico más representado. Su presencia es especialmente abundante en dinteles de puertas y ventanas, aunque también aparece en portaladas, ménsulas, zapatas, muros, pilastras, arcos y elementos de forja.

Además de su valor religioso, muchas de estas cruces parecen haber desempeñado una función protectora, destinada a salvaguardar la casa, la familia y el ganado. Con frecuencia aparecen acompañadas por otros símbolos decorativos, como hexapétalas, rosetas o esvásticas, formando composiciones simétricas.

Entre los tipos más habituales destacan la cruz latina y la cruz griega con numerosas variantes (sogueada, patada, resarcelada…) y, sobre todo, la cruz flordelisada, extraordinariamente abundante en las forjas de Cabuérniga. Esta última combina el símbolo de la cruz con la flor de lis, motivo heráldico muy extendido entre numerosas familias cántabras y vinculado también a órdenes militares y religiosas.

Además de la cruz, son muy habituales otros motivos litúrgico-religiosos. Su presencia refleja la profunda influencia que la religión cristiana ejerció sobre la sociedad rural y sobre las manifestaciones artísticas populares. Aunque aparecen en edificios civiles, como casas, casonas y portaladas, estos símbolos evidencian la estrecha relación existente entre la vida cotidiana y las creencias religiosas.

Entre los motivos más frecuentes se encuentran los objetos utilizados en la liturgia católica, como cálices, custodias, campanillas y otros recipientes vinculados al culto. También son habituales diversas figuras alegóricas, entre ellas las llaves cruzadas de San Pedro, cabezas de obispos o clérigos, así como hornacinas que albergan imágenes de santos, vírgenes y otras advocaciones religiosas.

Otro elemento destacado son los jarrones ornamentales de los que brotan flores, plantas o figuras humanas, composiciones que tradicionalmente se han relacionado con simbolismos cristianos. Asimismo, son frecuentes los crismones o anagramas de Cristo (IHS), grabados en dinteles, ventanas y otros lugares visibles de los edificios. A ellos se suman numerosas inscripciones religiosas, como invocaciones a Dios o a la Virgen, que buscaban expresar la fe de los propietarios y, en muchos casos, proteger simbólicamente la vivienda.

 

LOS «PITONES CABUÉRNIGOS»

Una demostración habitual y representativa de la integración de unos y otros motivos en una única composición es lo que se denominan «pitones cabuérnigos»

Los pitones cabuérnigos son tallas y relieves ornamentales esculpidos directamente sobre las cabezas de las vigas de madera, mensulones o zapatas que sobresalen de las fachadas. Su función original es puramente estructural: sirven como puntos de apoyo para sostener el peso de las emblemáticas solanas (los característicos balcones corridos de madera) y los aleros de los tejados de las casas barrocas y renacentista de muchos pueblos de la zona: Valle, Terán, Carmona, Renedo… Sin embargo, los artesanos locales transformaron estos elementos funcionales en piezas artísticas.

El término «pitón» hace referencia a la protuberancia o relieve que remata la madera. Sus diseños son variados, pero siguen patrones geométricos y naturales muy definidos:

  • Volutas y espirales: Formas enrolladas que recuerdan al arte barroco o a motivos celtas primitivos.
  • Motivos vegetales: Hojas, flores estilizadas y detalles arbóreos labrados a mano.
  • Formas geométricas: Muescas, estrías y combinaciones de líneas que otorgan dinamismo visual al extremo de la viga.

Al estar expuestos al aire libre debajo de los aleros, estas tallas rompen la monotonía de las estructuras pesadas de madera y actúan como un remate estético elegante que denota el estatus de la edificación o el orgullo del constructor.

 

ORLAS CENEFAS Y BANDAS
Orlas

Las orlas son elementos decorativos destinados a enmarcar figuras y composiciones ornamentales, contribuyendo a realzar su presencia. En la arquitectura tradicional cántabra aparecen con frecuencia utilizando motivos geométricos, cruces, rosetas, esvásticas y otros símbolos decorativos. Sus diseños suelen ser sencillos pero efectivos, destacando las orlas formadas por sogueados o cordones, dientes triangulares, series de semicírculos tangentes o secuencias onduladas que generan efectos de gran atractivo.

Además de encerrar figuras individuales, las orlas también se emplean para delimitar conjuntos decorativos más complejos, como cartelas e inscripciones. Su función va más allá del simple adorno, ya que ayudan a jerarquizar los elementos representados y a reforzar el carácter ornamental de fachadas, dinteles y otros componentes arquitectónicos.

 

Cenefas

Las cenefas son franjas ornamentales que se disponen a lo largo de bordes, molduras y elementos arquitectónicos con el fin de enriquecer visualmente sus perfiles. Aunque comparten muchos de sus diseños con las orlas, presentan una mayor variedad compositiva debido a su desarrollo lineal. Se utilizaron especialmente para decorar ventanas, cornisas, aleros y muros cortavientos, integrándose de forma armónica en la estructura del edificio.

Entre los motivos más habituales destacan los sogueados, denticulados, zig-zags y otras combinaciones geométricas repetitivas que crean ritmos decorativos continuos. Gracias a su capacidad para adaptarse a espacios alargados, las cenefas se convirtieron en un recurso muy apreciado por los artesanos cántabros, aportando dinamismo y riqueza ornamental a la arquitectura popular de la región.

 

Bandas

Las bandas decorativas son composiciones ornamentales lineales que recorren longitudinalmente distintos elementos arquitectónicos. En ellas se integran muchos de los motivos utilizados en orlas y cenefas, formando algunos de los conjuntos decorativos más característicos de la arquitectura tradicional cántabra, especialmente de las solanas montañesas, donde se tallaban en aleros, cornisas, balconadas, ménsulas y vigas. Su abundancia y variedad contribuyen de manera decisiva a la personalidad de la casa montañesa, diferenciándola de otros modelos arquitectónicos.

En el valle del Saja, los diseños que se muestran pueden estar formados por un único motivo repetido o por la combinación de varias franjas decorativas.

Entre los modelos más frecuentes destacan:

  • El sogueado o cordón de San Francisco, formado por cuerdas entrelazadas, uno de los motivos más extendidos y versátiles de toda la ornamentación cántabra.
  • Los denticulados, compuestos por sucesiones de dientes o pequeños bloques geométricos repetidos.
  • Los zig-zag, elaborados mediante series de triángulos enlazados, muy abundantes en numerosas solanas de la región.
  • Las figurillas elípticas ahuecadas, a menudo con pequeñas perlas o botones en relieve en su interior. En la zona del Saja es muy común el denominado huso y cuenta.
  • Los meandros, basados en líneas ondulantes repetidas que generan ritmos decorativos continuos, de los que formarían parte las denominadas castañuelas, muy comunes en Cabuérniga.

Junto a ellos pueden aparecer otros diseños secundarios como reticulados, rombos, arcaduras, líneas onduladas, figuras acorazonadas …

En conjunto, las bandas decorativas representan una de las expresiones más ricas y originales de la carpintería popular cántabra, reflejando la habilidad de los artesanos y el gusto por la ornamentación que caracterizó a la arquitectura tradicional de la región.

 

Información extraída del trabajo de investigación Motivos decorativos y ornamentales en la arquitectura tradicional de Cantabria, de Ramón Villegas López.