Iglesias, ermitas y pequeñas construcciones devocionales se integran en un paisaje de prados y montañas, formando parte esencial de la identidad histórica y cultural de la Comarca de la Reserva del Saja.
Se trata de una arquitectura profundamente vinculada al entorno natural y a la tradición constructiva montañesa. La piedra local, la madera y las cubiertas a dos aguas definen edificios sobrios, de líneas sencillas, donde prima la funcionalidad y la integración con el medio. En muchos casos, estas construcciones han experimentado ampliaciones y reformas a lo largo de los siglos, reflejando la evolución histórica, demográfica y artística del valle.
Más allá de su valor arquitectónico, estos elementos poseen una dimensión social y simbólica fundamental. Han sido espacios de reunión, celebración y cohesión comunitaria, escenarios de fiestas patronales y romerías, y lugares de transmisión de creencias y tradiciones populares. La religiosidad del valle, marcada por una fuerte impronta rural, se manifiesta tanto en los grandes templos como en pequeños oratorios situados junto a caminos y encrucijadas.
SANTUCOS O HUMILLADEROS
Los santucos, humilladeros o capillas de ánimas son uno de los elementos más singulares del patrimonio religioso popular de Cantabria. Se trata de pequeñas construcciones levantadas junto a caminos, encrucijadas o a la salida de los pueblos. En Cantabria se conservan alrededor de doscientos ejemplares, lo que convierte a esta región en su principal foco de concentración, aunque también puedan encontrarse en Asturias y en la Merindades de Burgos.
Arquitectónicamente, aunque muy variable en las calidades y dimensiones de construcción, los santucos suelen adoptar la forma de una pequeña capilla de sólida factura: planta cuadrada o rectangular, muros de mampostería o sillería, algún arco de medio punto y tejado a dos aguas. En su interior albergan una Cruz de Ánimas, de madera o piedra, con una iconografía compleja relacionada con la muerte, el Juicio y la esperanza de salvación; en otros alberga una imagen como en el de Barcenillas. Muchas de estas cruces representan a las almas entre llamas, implorando oraciones, acompañadas de símbolos de la Pasión de Cristo. Algunos santucos conservan incluso un cepo para recoger limosnas, prueba de su función devocional activa.
Su origen se remonta al impulso religioso de la Contrarreforma, especialmente a partir del siglo XVI y con mayor desarrollo en el XVIII. Frente a la negación protestante del purgatorio, la Iglesia católica reforzó el culto a las ánimas, promoviendo la práctica de sufragios y limosnas para aliviar sus penas. Así, estas construcciones ofrecían a los viajeros un lugar donde rezar y dejar ofrendas —cera, pan, aceite o pequeñas cantidades de dinero— destinadas a sufragar misas por los difuntos. La creencia popular sostenía que, una vez liberadas, las ánimas intercederían por sus benefactores.
Para otras gentes, los humilladeros, que no dejaban de funcionar como verdaderos hitos, ejercían como un lugar de parada y descanso para encontrar un consuelo en la dureza del viaje, y esperaban esa protección en unas jornadas que solían ser peligrosas y solitarias.
Aunque existen paralelos en otras regiones, como los petos de ánimas de Galicia o las alminhas portuguesas, los santucos cántabros presentan una morfología propia: no son simples hornacinas, sino que a veces, desarrollan pequeños espacios resguardados para el caminante, conocidos también como asubiaderos. Esta singularidad los convierte en un testimonio excepcional de religiosidad popular y de la pervivencia simbólica de los caminos como lugares de tránsito no solo físico, sino también espiritual.
En el territorio de la Mancomunidad pueden contarse los humilladeros por decenas, marcando siempre zonas de tránsito importantes: Ibio, Mazcuerras, Herrera, Cos, Ucieda, Ruente, Terán, Selores, Llendemozó, Correpoco, Colsa, Bárcena Mayor…
LAS ERMITAS
Las ermitas del Valle de Cabuérniga y Mazcuerras constituyen uno de los elementos más representativos de su patrimonio religioso y de su paisaje cultural. Diseminadas por barrios, praderías, laderas y entradas de los pueblos, estas pequeñas construcciones reflejan una religiosidad profundamente arraigada en el mundo rural.
De dimensiones reducidas y arquitectura sencilla, las ermitas responden a los modelos tradicionales de la montaña cántabra: muros de mampostería o sillería, cubiertas a dos aguas y espacios interiores austeros, pensados para el recogimiento y la oración. Suelen contar con un pequeño pórtico o atrio que servía como lugar de reunión antes y después de los oficios, reforzando su función social además de la espiritual.
Tal vez, las más singulares de la Mancomunidad sean:
ERMITA DE CINTUL
Una verdadera joya medieval, la Ermita de Cintul, dedicada a Santa Catalina, se localiza en la pedanía de Cos, dentro del municipio de Mazcuerras, aunque aparece aislada en un prado al sur del núcleo urbano, a la que se accede desde el barrio de Sobarriba cruzando el arroyo del Pulero, antiguo paso del camino real. Su emplazamiento actual, solitario y rodeado de pradería, contrasta con la relevancia histórica del entorno, descrito en el siglo XVI como “el solar de la herrería de Cos”, un pequeño conjunto que incluía torre, viviendas, huertas, llosas, castañera, la gran pradería de Cintul y una ferrería-molino.
Desde el punto de vista arquitectónico, el templo presenta dos fases constructivas diferenciadas. Su origen se sitúa entre finales del siglo XII y comienzos del XIII, en un momento de transición entre el románico tardío y el protogótico. Posteriormente, entre los siglos XIV y XV, se acometieron reformas de influencia gótica, especialmente visibles en el ábside cuadrado y en la incorporación de bóveda de crucería.
El edificio consta de una única nave rectangular y ábside cuadrado, ambos bajo cubierta a dos aguas. En su muro occidental se alza una sencilla espadaña de una sola tronera apuntada. Está construido en mampostería con refuerzos de sillería en esquinas y vanos. Destacan las ventanas geminadas del muro sur del ábside, coronadas por un pequeño rosetón calado, así como las ménsulas exteriores que evidencian la existencia de un antiguo pórtico perimetral.
Incluida en el Inventario General del Patrimonio Cultural de Cantabria desde 2001, la ermita sufrió un grave deterioro tras su uso como establo en los años sesenta y el posterior abandono. Incorporada en 2022 a la Lista Roja de Hispania Nostra, fue finalmente restaurada y retirada de ella en 2025 gracias al impulso ciudadano y al apoyo institucional, recuperando así un valioso testimonio del patrimonio rural medieval cántabro.
ERMITA DE LA BRAÑA DEL MORAL
La Ermita de la Braña del Moral de Ucieda se sitúa en la divisoria de las cuencas del Saja y el Besaya, y constituye uno de los referentes devocionales y festivos más importantes para los vecinos del valle de Cabuérniga.
La devoción a la Virgen del Moral hunde sus raíces en la leyenda que sitúa el hallazgo de su imagen a unos mil metros de altitud, cuando un toro la descubrió escarbando con sus astas. Tras varios intentos fallidos de trasladarla al valle —pues la imagen regresaba milagrosamente al lugar de aparición— se decidió erigir allí una ermita, convirtiéndola en símbolo de unión entre comarcas vecinas.

Existe una segunda Ermita de culto a la Virgen del Moral en las inmediaciones de Ucieda. En 1764 se solicitó un cambio en la titularidad de la iglesia local de San Sebastián respondiendo a la tradición de que una vez al año, un vecino de cada casa debía acudir a la Ermita del Moral del Monte, que se encuentra a más de 15 kilómetros del pueblo, en la divisoria de los valles de Cabuérniga e Iguña. Las dificultades del desplazamiento motivaron que los habitantes de Ucieda encargaran una imagen de la Virgen del Moral y la colocaran en la antigua ermita de San Sebastián, facilitando así el cumplimiento de la costumbre sin necesidad de ascender hasta las brañas.
En Ucieda se celebran dos festividades: el 15 de agosto, en honor a Nuestra Señora, y el sábado siguiente, cuando se conmemora la popular romería de la Virgen del Moral, declarada Fiesta de Interés Turístico Regional. Ambas celebraciones reflejan la profunda identidad ganadera y el fuerte arraigo comunitario de este enclave rural cántabro.
ERMITA DE SAN FRUCTUOSO
La Ermita de San Fructuoso se encuentra en un prado a pocos kilómetros de la localidad de Lamiña, y constituye uno de los vestigios más antiguos de Cantabria. El edificio actual se levantó entre los siglos XVI y XVII sobre los restos del antiguo Monasterio de San Fructuoso, citado ya en el año 978 en el Cartulario de Covarrubias con la referencia: “in Kaornega illo monasterio Sancti Fructuosi que vocitant illa Mima cum suas degannas”. Esta continuidad histórica convierte a la ermita en un referente esencial para comprender la evolución religiosa y arquitectónica de la región.
Aunque el exterior de la ermita no refleja claramente su antigüedad, el soportal guarda testimonios del antiguo monasterio, como una tapa de sarcófago reutilizada como banco, cuya decoración apenas es visible por el desgaste del tiempo. Su interior, accesible solo en ocasiones especiales, es un auténtico tesoro del arte medieval. La ermita custodia un sarcófago del siglo IX, perteneciente al estilo prerrománico asturiano, decorado con una cruz asturiana, esvásticas inscritas en circunferencias, cordones de sogueado y motivos geométricos y vegetales. Además, se conservan dos columnas originales que refuerzan la conexión con la primitiva construcción monástica.
La festividad de San Fructuoso, el 9 de septiembre, es el momento ideal para acceder a su interior y apreciar estas piezas únicas. Más allá de la ermita, los restos del antiguo monasterio pueden observarse en otros puntos del pueblo de Lamiña, como el sarcófago formando parte de la Fuente de Arriba o la pila de agua bendita en la iglesia de Nuestra Señora del Rosario.
Hay un buen número de ermitas más dispersas por laderas y caminos de montaña y escondidas en algunos rincones inesperados de estos pueblos de la Mancomunidad Reserva del Saja:
- La ermita de San Antonio en Cos.
- Las Lindes (con su fiesta y romería), San Roque y San Antonio Abad en Carmona.
- La ermita del Carmen y de Santiago en Bárcena Mayor.
- Recóndita Ermita de San Antonio en Llendemozó.
- San Andrés en Viaña del siglo XVII. destaca por su inusual diseño, donde la fachada principal integra una gran espadaña.
- San Roque en Ruente, en el barrio de Gismana.
LAS IGLESIAS
SANTA EULALIA
La Iglesia de Santa Eulalia de Terán es uno de los edificios más emblemáticos del valle de Cabuérniga. Situada en el núcleo de Terán, se alza en el paraje natural de “La Castañera”, rodeada de castaños centenarios que realzan la belleza y el carácter histórico del conjunto. Es el templo parroquial del pueblo y un destacado espacio cultural y social para sus habitantes, hasta el punto de ser conocida cariñosamente como la “Catedral de Terán”.
Su construcción actual se sitúa entre los siglos XVII y XVIII, aunque existen referencias documentales que remontan su origen al siglo XI. En 1090 aparece vinculada al monasterio de San Pedro de Otero, y en 1096 ya se menciona el Monasterio de Santa Eulalia de Cabuérniga. En documentos antiguos de la Chancillería de Valladolid se menciona un sepulcro en la capilla mayor de la iglesia donde podría estar enterrado un caballero de Terán, que se creía había sido uno de los «caballeros del Cid».
Arquitectónicamente, el templo presenta planta rectangular con tres naves de igual altura y un ábside poligonal reforzado por contrafuertes. Destaca su imponente torre-campanario de cinco cuerpos, visible desde gran parte del valle. El interior responde al modelo gótico de planta salón (naves laterales de la misma altura que la central), con bóvedas de crucería apoyadas en robustos pilares. Sobresale el retablo mayor barroco del siglo XVIII y, a los pies del templo, un coro de madera que alberga un valioso órgano barroco de 800 tubos, restaurado en 2020 y declarado Bien de Interés Cultural.
Además de su riqueza artística, las excavaciones realizadas en 2007 revelaron una antigua necrópolis con tumbas de lajas, algunas de época visigoda, confirmando la profunda raíz histórica de este singular monumento.
SANTUARIO VIRGEN DE LA PEÑA
Está situado en Villanueva de la Peña, aunque el edificio actual fue levantado en el siglo XVII con piedra de sillería, sus orígenes se remontan a principios del siglo XIII, como atestigua la lápida de consagración fechada en 1203, donde aparece citado su autor, D. Pedro Quintana. El templo presenta una nave rectangular única, dividida en tres tramos —dos de ellos cubiertos con bóveda de crucería— y un presbiterio rematado por ábside semicircular. A la nave se adosa una sacristía que cumple funciones de camarín.
La portada sur, ligeramente resaltada y protegida por cornisa con canecillos, muestra un arco apuntado con arquivoltas y un tímpano decorado con la escena de un caballero luchando contra un dragón, motivo que también aparece en el interior. La riqueza escultórica se completa con relieves de la Virgen con el Niño, Santa Marina y figuras animales, además de capiteles historiados con escenas como la Adoración de los Magos.
En su interior destaca un retablo del siglo XVIII que alberga la talla de la Virgen de la Peña, así como pinturas decorativas en el techo. A la entrada se conserva una curiosa “caja fuerte” del siglo XVII con tres cerraduras, donde se guardaba el archivo del Valle. La festividad de la Virgen se celebra cada 8 de febrero, manteniendo viva una tradición profundamente arraigada en la comarca.
SANTA MARIA de BARCENA MAYOR
La Iglesia de Santa María es el templo parroquial de Bárcena Mayor. La iglesia combina elementos barrocos y renacentistas, reflejo de la evolución artística que vivió Cantabria en esa época. Su edificación estuvo vinculada al crecimiento demográfico de la villa y a la necesidad de dotar a la comunidad de un espacio de culto acorde con la importancia que iba adquiriendo el núcleo rural. A lo largo del tiempo ha sido objeto de diversas restauraciones que han permitido conservar su esencia original y mantenerla como uno de los principales atractivos patrimoniales del pueblo.
Construida en el siglo XVII y reformada en el siglo XVIII, la iglesia responde al modelo tradicional de templo rural cántabro. El edificio está levantado en mampostería, con sillares bien trabajados en esquinas y vanos, lo que le aporta solidez y sobriedad. Presenta planta rectangular y está compuesta por dos naves divididas en dos tramos, cubiertos con bóvedas de crucería. La cabecera es cuadrada y el conjunto se completa con una torre prismática de tres cuerpos que se eleva sobre el caserío, convirtiéndose en uno de los elementos más visibles del perfil urbano del pueblo.
En el interior se conservan retablos barrocos, esculturas religiosas y techumbres de madera que aportan calidez al conjunto. La luz natural, filtrada a través de ventanas translúcidas, crea un ambiente sereno que invita a la contemplación. Más allá de su valor artístico, la iglesia continúa siendo el centro de la vida religiosa y cultural del pueblo, acogiendo celebraciones como la Navidad, la Semana Santa y las fiestas patronales, que mantienen vivas las tradiciones y refuerzan la identidad comunitaria.
Entre las numerosas iglesias parroquiales de la Mancomunidad son destacables:
- San Martín, del siglo XVII, dominando la mies de Mazcuerras sobre el Saja.
- Iglesia de la Magdalena, en Ruente, del XVIII, ocupando el solar de lo que debió ser un antiguo monasterio.
- San Sebastián, en Barcenillas, también del XVIII, cuyo retablo mayor está considerado una joya del estilo churrigueresco.
- La Anunciación, de Renedo, levantada en el XVII con líneas propias del barroco.
- San Juan Bautista en Correpoco, construcción del XVI cuya bóveda artesonada de madera y su pila bautismal románica le otorgan un única.
- San Miguel Arcángel, del siglo XVI, tan bien integrada en todo el conjunto arquitectónico de Los Tojos.
- Santa Agueda, de formas sencillas, levantada en el XVII en Saja y vinculada, al parecer, con el Monasterio de Santa María de Yermo.
- San Pedro, en el barrio homónimo de Carmona, es un templo de una nave de tres tramos, con cubierta de crucería, que se estima construido en el siglo XVII.
- Nuestra Serñora de la Asunción, en Carmona es un templo de planta de cruz latina, con una nave de cuatro tramos, encargada por un indiano en 1746.
CEMENTERIOS Y NECRÓPOLIS
NECRÓPOLIS DE TRESILEJA
La Necrópolis de Tresileja manifiesta el fenómeno del cristianismo a largo de la Edad Media en relación al tipo de asentamientos del siglo VIII. Aunque éstos son poco conocidos, se trata del asentamiento humano más antiguo conocido en esta zona. Los restos arqueológicos se descubrieron con motivo de una obra de instalación de una tubería en la traída de aguas durante 1990. Los estudios mostraron que se trataba de una necrópolis de 100 m2, con un total de 32 sepulturas, datada en el s. VIII.
La marcada orientación que muestran los enterramientos de Oeste a Este, en la que la cabeza se encuentra orientada al Oeste, recostada en ocasiones sobre una almohadilla, encaja plenamente en los ritos funerarios de la doctrina cristiana de la Edad Media. Se encuentra en la parte posterior de la Iglesia Santiago Apostol de Cos.
CEMENTERIO DE COS
Se trata de una donación de Esperanza Sagastizabal del Rivero y Vicente Pando Fernández al pueblo en 1923, en relación con las obras benéficas de los indianos oriundos del lugar.
Destaca en el mismo, la portalada neogótica que dice: “HOMENAJE QUE TRIBUTA AL PUEBLO DE COS A LOS SEÑORES DN. VICENTE PANDO FERNÁNDEZ Y SU ESPOSA Dª ESPERANZA SAGASTIZABAL DEL RIVERO DONANTES DE ESTE CEMENTERIO. AÑO MCMXXIII”. Se encuentra entre otros, el panteón familiar propiedad de Pando y Sagastizabal, de 1925, construido para albergar a Claudio del Rivero, fallecido ese año.
NECRÓPOLIS DE SANTILLÁN (CARMONA)
La necrópolis de Santillán, también conocida como necrópolis de Llano, es un yacimiento arqueológico de la Alta Edad Media situado en un espolón sobre el pueblo de San Pedro en Carmona, en un paraje tradicionalmente conocido como «Cementerio Moro». Es un conjunto funerario medieval que presenta tumbas de fosa cubiertas con lajas de piedra.






















