GANADERÍA
LA VACA TUDANCA
Si existe un símbolo que personifique la resistencia, la elegancia y la historia de Cantabria, ese es, sin duda, la vaca tudanca. No es simplemente una raza bovina, es un monumento vivo, una pieza clave del ecosistema y la expresión máxima de la identidad de «La Tierruca».
Visitar la Mancomunidad Reserva del Saja y no ver una tudanca es no haber visto la Cantabria real. Su silueta es inconfundible: de tamaño medio, ágil y con unos cuernos en forma de lira. Lo más fascinante es su pelaje; las hembras lucen un tono grisáceo que los ganaderos llaman «hosco», adornado con una veta negra que recorre su lomo, mimetizándose perfectamente con la roca caliza y la niebla de nuestras cumbres. Los machos reproductores tienen una capa casi negra con un «listón» claro que les recorre el dorso mientras que los machos castrados pierden su color típico para tomar la capa de las hembras. Al nacimiento ambos son colorados. Otras particularidades son la orla blanca alrededor del morro, la decoloración en la zona interna de las extremidades y la orla blanca alrededor del ojo.
Históricamente, la tudanca fue el motor de la economía rural. Antes de que los tractores llegaran a las pendientes más pronunciadas, eran estas vacas tudancas las que tiraban de los carros y labraban la tierra ya que eran mas eficientes que las vacas campurrianas y lebaniegas por su capacidad de adaptación al medio natural. Su carácter noble pero indómito las hacía perfectas para el trabajo duro y para sobrevivir a los inviernos más crudos en régimen de extensivo y libertad.
Junto a los pueblos del valle destacan las mieses, prados destinados al sustento de la vaca tudanca o al cultivo del maíz, delimitados por humildes cercados de piedra levantada a canto seco. En la primavera y verano el ganado se traslada a pastos más altos llegando a cruzar puertos para lo que se requiere la maestría de los pastores buenos conocedores de los terrenos y los pastos. La arraigada tradición comunal determinaba la existecia en cada pueblo de la figura del pastor, que cada primavera se hacía cargo de la braña del lugar y junto con otros ayudantes pasaba el verano en los puertos donde las vacas tudancas pastaban. Cada año al llegar el otoño se produce el descenso de las reses desde los puertos de montaña a los invernales, dando lugar a la «pasá» cuando los pastores hacen entrega de la reses a sus dueños y daba cuenta de los acontecimiento acaecidos.
La «pasá es una cita ineludible que se convierte en un espectáculo sensorial. Se oye el eco de los campanos (grandes cencerros) que resuena en todo el valle. Los animales lucen sus mejores galas, con los campanos sujetos por collares de madera (cebillas) talladas artesanalmente. Los ganaderos / pastores caminan orgullosos junto a ellas, manteniendo vivo un rito que se ha transmitido de generación en generación. Destacan :
- «La Pasá« en Carmona el último sábado de septiembre, el ganado baja desde los altos puertos de Sejos, está declarada Fiesta de Interés Turístico Regional. El día incluye exhibiciones folclóricas, mercadillo de productos locales, romería y verbena.
- “La Campaná“ el segundo domingo de octubre en Valle de Cabuérniga.
- “La Nogalea” en Ruente el último domingo de octubre, Feria y Concurso Exposición Monográfico Regional de Ganado Vacuno de Raza Tudanca.
Los invernales son edificios sencillos de piedra y madera que permiten al ganado resguardarse del frío a lo largo del otono o invierno y alimentarse del heno almacenado en el pajar superior. El edificio suele presentar planta rectangular con cubierta de dos aguas y una capacidad que oscila entre las veinte y treinta y cinco cabezas. Las pesebreras se sitúan paralelas a los muros largos del edificio, y en ellas se marcan los aciles, de manera que se cada animal se sujeta al pesebre por un «peal».
Ver a la vaca tudanca en su hábitat es comprender por qué el paisaje cántabro es como es. Gracias a su pastoreo, se mantienen limpios los montes y se preserva la biodiversidad. Además, para el viajero gourmet, la carne de tudanca (reconocida por su calidad y sabor intenso) representa el culmen de la gastronomía de proximidad y sostenible.
Los criadores están agrupados actualmente en una Asociación Nacional de Criadores de Ganado Vaculo Selecto de raza Tudanca desde 1980 y colabora con el Ministerio de Agricultura en la llevanza del libro generalógico de la raza, se encargan de las acciones para la selección y mejora de la raza.
EL CABALLO HISPANO BRETÓN
Desde tiempos antiguos, el caballo ha desempeñado un papel fundamental en el medio rural, constituyendo una ayuda esencial para las labores agrícolas, el transporte y la vida cotidiana de muchas comunidades. Su fuerza, resistencia y capacidad de adaptación lo convirtieron durante siglos en un animal imprescindible en las zonas de montaña, donde las difíciles condiciones del terreno exigían animales robustos y acostumbrados a un entorno duro.
En el entorno del Saja se ha mantenido tradicionalmente el uso de yeguas de monte, animales mestizos, pequeños y muy rústicos, perfectamente adaptados a las duras condiciones de la montaña. Estas yeguas destacan por su gran resistencia, su capacidad para desenvolverse en terrenos difíciles y su adaptación tanto al trabajo agrícola y ganadero como a la vida en libertad en los montes y pastizales de la comarca. Su presencia ha formado parte durante generaciones del paisaje y de las formas de vida tradicionales del valle.
Además, en las últimas décadas, se ha ido desarrollando la cría de una raza bien adaptada a las áreas montañosas del norte: el caballo Hispano Bretón, considerado una raza en peligro de extinción y reconocida oficialmente en España desde 1997.
El caballo Hispano-Bretón es una raza obtenida del cruce entre caballos españoles y ejemplares de raza bretona procedentes de Francia. Tradicionalmente se empleó como animal de trabajo, especialmente para labores de tiro en zonas montañosas, donde destacaba por su fuerza y resistencia frente a otras razas menos adaptadas a terrenos difíciles.
En cuanto a sus características físicas, el Hispano-Bretón presenta una cabeza de perfil recto, con frente ancha y plana y orejas pequeñas. Posee un cuello corto y fuerte, además de un tronco robusto y un dorso recto. La grupa es amplia y musculosa, y sus extremidades son fuertes, bien desarrolladas y correctamente aplomadas, lo que le proporciona gran capacidad para el trabajo de tiro. Se trata de un caballo de gran tamaño y temperamento tranquilo cuya altura suele situarse entre 1,55 y 1,65 metros, alcanzando habitualmente pesos comprendidos entre los 700 y los 900 kilogramos.
Esta raza se encuentra en pleno desarrollo en el Valle del Saja hasta el punto de generar una asociación de criadores que trabajan en la conservación y mejora de esta raza.
El progreso de la ganadería caballar en el valle tiene una clara tendencia ascendente. Cada vez es más fácil encontrar buenas manadas de yeguas en cualquier punto del valle, desde el Tojo o Saja hasta Cos o Herrera de Ibio, pasando por Ucieda, Fresneda, Renedo o Ruente.
Este desarrollo también ha supuesto la aparición de este ganado en algunas ferias de protagonismo vacuno, e incluso, la celebración de alguna feria dedicada exclusivamente al caballo. No es un dato casual que el primer Concurso Morfológico Nacional de Ganado Equino de Raza Hispano Bretona haya tenido lugar en Ruente, que se ha convertido ya en una cita anual imprescindible el 21 de marzo en la Feria de Ganado San José, si ese día cae en laborable se celebra el sábado anterior o posterior.
Otras ferias con ganado equino:
- Feria de la Inmaculada en Ibio, celebrada anualmente el 6 de diciembre (día de la Constitución).
- En Valle de Cabuérniga se realiza La Feriuca «Cabuerniga Cabuerniga» el sábado más próximo al 15 de enero y la Feria de Valle el 22 de octubre.















